martes, 4 de diciembre de 2012

Gaitán, Ricardo. Una sala de interrogatorios.



Aquella fue una noche dura en la comisaría. Recuerdo que hice lo imposible por retrasar aquel momento, nunca es fácil interrogar a alguien, sobre todo sí quien te espera tras la puerta de la sala de interrogatorios es un adolescente ensangrentado.
Al entrar me lo encontré con la mirada clavada en el techo, la boca un poco abierta, dándole aire de estúpido. Parecía no estar allí, no se dio cuenta de que entré y no me prestó atención hasta pasado un momento. El joven me miraba con una paciencia cómplice, como si los dos supiéramos de antemano qué iba a suceder y no hubiera razón para alargar más el resultado. Esperé a que dijera algo, pero como no lo hizo, fui yo el que hablé.

– Sabes que digas lo que digas o te calles lo que te calles, no te vas a librar de esta. Tenemos a tu primo como testigo. Lo único que nos falta es un móvil. – Dije para probarle.

– Tiene usted razón. Si le facilito el trabajo de esa manera, no me importa responderle a lo que quiera preguntar. – Respondió con amabilidad.

Me quedé helado, su tono era autoritario. No parecía un chico de 15 años. Sabía su edad por la ficha de detención, pero aun así me costaba creerlo. Su físico acompañaba esta sensación.
  Cuéntame entonces por que lo hiciste. — 

“Bueno, todo comenzó cuando él y yo éramos críos. Era invierno, una tarde de reyes. Nos habían regalado unas bicis y estábamos aprendiendo a montar. Yo me caía todo el rato, nunca he sido muy hábil. Él no paraba de reírse de mí, no le había costado más que unos minutos aprender a mantener el equilibrio y daba vueltas rodeando la casa. Yo di varias patadas a mi bici enfadado, me hice bastante daño en el pie y me puse a llorar. Eso hizo que se riera aún más. Recuerdo desear que se cayera él también y se hiciera daño de verdad, pensé incluso en empujarle. Fue la primera vez que quise herirle, pero no hice nada. Desde ese día, la idea no se me fue de la cabeza. Él siempre ha sido, o bueno, fue, teniendo en cuenta las circunstancias, la clase de chico que destaca rápido.  Obviamente fuimos a la misma escuela, sus amigos eran los chicos más populares y me usaban constantemente para burlarse de mí. En el colegio, durante el patio, yo me quedaba sentado en un banco mirando el edificio de enfrente, sin hacer nada. Apenas hablaba con nadie. Una profesora algo entrometida habló con mis padres y les sugirió que quizá necesitara terapia. Como si eso fuera arreglar algo o como si hubiera algo que arreglar. A mi me avergonzaba bastante el tema e hice lo imposible para que nadie se enterase. Lo último que necesitaba era darles una razón más para que se burlasen de mí. Por su puesto, él se entero. Era imposible que no lo hiciera. Un día él y su grupo de amigotes se acercaron al banco donde solía sentarme. Comenzaron a hablarme, como pretendiendo ser amables. Un rato después, él me preguntó que había hecho la tarde anterior. Por su puesto, ya lo sabía. Nunca he sido bueno mintiendo, puede que por eso también le esté contando a usted la verdad ahora, y dije lo primero que me vino la cabeza. Le respondí que había estado entrenando hockey en la nueva pista del barrio. Las risas fueron tremendas. La mentira no solo fue mala, sino que fue desafortunada, uno de sus amigos entrenaba con el equipo de hockey, y por supuesto, nunca me había visto allí. Recuerdo perfectamente sus labios finos tensándose, su risa aguda inundando el patio, las miradas de superioridad salvaje de los demás. Lo que ocurrió en aquel momento era ya inevitable. Me levanté y le golpeé con todas mis fuerzas en la cara. Se dio la vuelta para protegerse, ofreciéndome la espalda, y como si tocara unos timbales de tamaño humano, descargue mi puño con todas mis fuerzas, oyéndose un ruido grave y profundo.  ¿Cómo dice? No, a ellos nunca les guarde rencor, y mucho menos les odie como a él. Solo tuvieron la culpa de ser estúpidos, nada más. El odioso encanto con que ejercía influencia incluso en los profesores, que siempre le apoyaron, era lo que de hecho odiaba. Esa fue la primera vez que mi humillación gano a mi miedo y tuve valor para hacerle daño. Los años fueron pasando y las burlas se hicieron constantes. Llegue a darme cuenta de que le odiaba hasta tal punto que tenía que acabar con aquello de alguna forma. Aquello  me consumía, me obsesionaba. Me ponía violento con la gente que me trataba con amabilidad, que era poca en realidad, quedándome cada vez más solo.” 

– ¿Y lo de esta noche? ¿Qué ha ocurrido esta noche? — Con impaciencia.

“Esta noche se me ha presentado la oportunidad perfecta. Fuimos mi primo, él y yo al monte a acampar.  A mis padres les pareció perfecto que pasáramos algo de tiempos solos, pensaban que así quizá nos llevaríamos mejor, así que prácticamente le obligaron a ir. Supongo que ahora entenderá porque se sienten tan culpables de lo sucedido. Durante la noche, mi primo y él empezaron a contar historias de miedo para hacerme pasar un mal rato. Siempre he tenido fama de cobarde, no sin razón. Sin embargo, yo me sentía con fuerzas para levantar un edificio con los brazos, era mi gran oportunidad y no iba a dejar que nada me hiciera parecer un cobarde. Pasó el tiempo y nos fuimos a dormir. Sé que él siempre se levanta por las noches al baño, siempre es así en casa. Cuando salió de la tienda le seguí. Estaba de espaldas a mí, apoyado en un árbol mirando al suelo mientras hacia lo propio de la situación. Fue muy fácil. Solo tuve que acercarme despacio y hundir la hoja del cuchillo en el cuello desnudo de mi hermano.”

Me quedé mirando a aquel muchacho un rato más. No volvió a hablar. A mi mirada solo respondió con una mueca que pretendía ser una sonrisa, sintiéndose claramente satisfecho de sí mismo.


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