domingo, 2 de diciembre de 2012

García, Miriam. Ruptura azucarada



Su último mail me hizo dudar. Quizás no debería haberla dejado marchar. Mi teléfono sonó hasta las dos de la madrugada, luego lo apagué.


Mi madre siempre decía que si uno insiste hasta quedarse sin aliento siempre conseguirá lo que quiere. A ella le funcionó pero a Carol no. Estuve revisando el álbum de su boda, el gesto ahogado de mi padre me hacía dudar de él pero uno no pasa sesenta años con una mujer que limpia las huellas que vas dejando con un paño mojado.

Mi historia con Carol comenzó en mi último año de carrera. Cuando se declaró me sorprendió, creía que era lesbiana. A las dos semanas de relación se lo comenté y no me habló en otras dos. Éramos una pareja precoz, en el segundo día de relación se cabreó cuando me equivoqué al invitarla a un helado. Le gustan los de fresa. Era tan gracioso ver sus arrugas salir cuando me gritaba, al paso de los años lo era aún más.

Poco después mi padre murió de cáncer. Lo último que me dijo fue “La vida es muy perra pero tu madre más”. Dos días antes le pilló en la cocina con el carnicero, según ella estaba en su lista de cosas por hacer. A la semana del entierro ya podía disfrutar de degustar un buen trozo de carne cada noche. Mi madre decía que eso no era bueno pero había que disfrutar las ventajas de su nuevo noviazgo.

Mi relación iba bien. Llegamos a un punto en el que ninguno de los dos teníamos que iniciar una conversación para evitar la incomodidad. Carol me habló de casarnos y yo encendí un cigarrillo.

Mi primer trabajo fue muy estresante tanto que corté con Carol. La misma noche de nuestra ruptura me mandó un mail. Me dijo que estaba embarazada.


Imagen tomada de: experienciasdelecturaqt.blogspot.com