jueves, 8 de noviembre de 2012

Rey, David. Terror en la ciudad



Muchas veces se ha hablado sobre la posibilidad de que la vida, todas nuestras experiencias, sea producto de un sueño del que uno se puede despertar al morir. En base a esta idea, ladrones de guante blanco se enriquecen de la esperanza, ante la atractiva oferta de la inmortalidad.
Al comprobar que no todos los sueños son agradables me pregunto si desearía vivir eternamente.
Este relato propone un nuevo enfoque: la vida es un sueño, pero esta vez una pesadilla:

TERROR EN LA CIUDAD.

Me despierto y, tras levantarme torpemente de la cama, camino medio sonámbulo hasta el baño. Después de afeitarme y darme una ducha bien fría, me miro al espejo y me digo a mí mismo: “Es un nuevo día”. Al fijarme en mi rostro descubrí numerosos cortes, producto del afeitado, y un notable moratón en el pómulo derecho, como resultado de una pelea que tuve el día anterior con mi perro Zeus. Pensé que ese no era el aspecto apropiado para un profesional, pero ya eran las ocho en punto y llegaba tarde a mi puesto de trabajo en la atención al cliente de la oficina de correos. Rápidamente desayuné, me puse mi traje que colgaba arrugado en el perchero y me fui a trabajar.
Llego a la oficina con retraso e intento incorporarme a la jornada. Otra dura mañana entregando paquetes, cartas, tarjetas, y aguantando a clientes quejicas y aburridos compañeros. A las doce tomo un respiro para almorzar. Al terminar de comer me encendí un cigarrillo. Fue entonces cuando apareció mi jefe, con quien comparto un odio recíproco, siempre guardando las apariencias.
- Veo que llegas tarde a tu puesto de trabajo y aún así te sobra tiempo para fumar –dijo mi jefe con tono chistoso.
- Perdone, señor, pero se retrasó el tren y no pude llegar antes –contesté.
- Además, tu aspecto es horrible. Parece que hayas estado en una bronca. ¿Te peleaste ayer con alguien? –preguntó.
- No, señor. Fue un accidente jugando con mi perro –le expliqué.
- Seguro que sí… ¿Sabe? ¡No quiero empleados problemáticos y holgazanes en mi empresa! –dijo elevando el tono- ¡No quiero volverle a ver por aquí! ¿Me entiende? ¡Está despedido!
Salí cabizbajo de la oficina y volví andando a casa. Me parecía injusta la decisión de mi jefe ya que fumaba durante mi hora de descanso.
Al llegar a casa arrojé el traje sobre el sillón y me vestí con un pantalón de chándal para estar más cómodo. Vi a Zeus perezosamente tumbado sobre la alfombrilla del salón y fui a saludarlo, en cierta manera sabiéndole culpable de mi despido, ya que él fue quien me golpeó en la cara. Recordé que había quedado en reunirme con mi novia, a quien amo con locura, a las cuatro y media de la tarde en una avenida cercana. Compruebo que habían llegado las rosas que encargué como regalo y salgo con cierta prisa a su encuentro.
Ya estoy en el sitio en cuestión, llego puntual, incluso un par de minutos antes, cuando de repente advierto que he olvidado las rosas en casa. “No importa. Otro día se las doy”. Fue entonces cuando vi venir a mi novia con mirada nostálgica y cara de pocos amigos. Antes de que pudiera saludarla me dijo:
-Tengo que hablar contigo. Me parece que nuestra relación no va bien. Ya no siento lo mismo por ti.
-¿Por qué dices eso? –pregunté anonadado.
-No lo sé… Ya no te arreglas para verme, ¡mira que pintas! Y nunca tienes un detalle conmigo… -dijo emocionándose.
-Oye, lo siento. Te juro que tenía unas rosas para traerte pero las olvidé en casa. Y mi aspecto… ¡fue el perro!¡Lo juro! –acerté a decirle patosamente.
-Estoy harta de promesas y de excusas, ¡No quiero volver a verte! –gritó.
Y según lo dijo se fue, de una manera tan repentina que no pude ni siquiera contestar. No estaba de acuerdo con lo que ella decía. “Siempre fui detallista”, pensé. Estuve dando un largo y lento paseo hasta que desapareció el sol y apareció la noche.
Volví de nuevo a casa algo más sereno y tranquilo. Me senté en el sillón y encendí un cigarrillo. Cuando deposité la ceniza del cigarro en el cenicero vi el ramo de rosas justo a su lado. “¡Malditas!”, les dije en voz baja. Reinaba el silencio en la casa, se respiraba paz. Fue entonces cuando me pregunté dónde estaba Zeus. “¡Zeus!... ¡Zeus!... ¡chico!... ¡¿Zeus?!”. No lo encontraba en ningún sitio del piso. Lo que sí encontré fue mi traje tirado en el suelo, hecho un harapo e incluso orinado. “¡Maldito perro!”.
Me decidí a salir a la calle a buscarlo. Más de tres horas estuve mirando en calles, esquinas, callejones, portales, cubos y escondites donde pudiera ocultarse. Finalmente desistí. Comprendí que el traje meado era una carta de despido o nota de despedida canina y que el perro se había escapado por voluntad propia.
De vuelta a casa, a unos pocos metros de mi portal, empiezo a oír bullicio, ruidos de sirenas, llantos… La gente se abrazaba desolada e impotente a la vez. Alcancé a ver mi piso desde la calle. Estaba completamente envuelto por las llamas y un equipo de bomberos intentaba valientemente apagar el fuego. Tras conseguir apagar el incendio, algunos vecinos pudieron volver a sus casas, otros, entre los que yo me encontraba, hablamos con los bomberos, quienes nos dijeron que fuéramos a casa de algún familiar o conocido. No tenía ni amigos ni familia en la ciudad así que esa noche tuve que dormir en un banco peatonal, al borde de un bonito parque.
Me despierto y me incorporo torpemente en el banco. Pienso brevemente en lo sucedido el día anterior y me tomo cinco minutos para relajarme. Hoy no tengo cigarros, ni rosas, ni traje. Me pongo en pie y me agacho hacia un coche. Mirando su espejo retrovisor, sonrío y me digo a mí mismo: “Es un nuevo día”.

Imagen tomada de: flickrhivemind.net