domingo, 11 de noviembre de 2012

Asensio, Juan Ángel. Exquisitamente



Se despertó en el momento justo en el que el alba comienza a resquebrajar la noche. El momento justo en el que el frío rocío abraza al mundo entero.

    El gemido solitario de los pájaros invadía, lentamente, el amanecer. El trémulo rumor del viento se filtraba por entre las hojas, ya casi muertas, del otoño. Alzó la vista y la cálida luz matinal le cegó. Poco a poco fue aclarándose su vista, hasta que por fin logró salir de aquel borroso mar de ceguera. La boca le sabía a tierra húmeda, los ojos le escocían, los oídos le zumbaban como si un millar de moscas revolotearan a su alrededor. Estaba en mitad de un obtuso bosque con olor a soledad y tristeza. Era un bosque de ¿hayas? ¿Chopos? No conseguía distinguir que clase de árboles eran aquellos desnudos árboles. Quizá era la primera vez que veía ese tipo de árbol. No lo sabía. Pero el sitio le era irresistiblemente familiar. Un profundo olor a lluvia le tranquilizó, relajando cada músculo de su cuerpo, cada tendón. De repente, notó algo viscoso presionándole las frágiles piernas desnudas. Cada vez la presión era mayor. Trató de mover las piernas, pero el intento fue en vano. Parecía como si estuvieran sepultadas por una impenetrable oscuridad. Por segunda vez intentó mover las piernas y, nuevamente, no las pudo mover. El dolor era cada vez más agudo. Con esfuerzo se incorporó de piernas para arriba y vio que sus piernas estaban dentro de la boca de un enorme dinosaurio. Sin embargo, aquello no le sorprendió lo más mínimo. Le pareció algo totalmente normal. Poco a poco aquel dinosaurio le devoraba.
    El suave murmullo de los pájaros cesó. Una pomposa nube grisácea tapó el luminoso sol de otoño, y el mundo se inundó de una luz tenue, misteriosa y reconfortante. Aunque sentía como todos los huesos del cuerpo se le iban quebrando dolorosamente a medida que el dinosaurio le envolvía entre sus oscuras fauces, nunca antes le había abrazado una sensación de paz semejante a aquella. Grandes gotas de helado sudor le escurrían por la frente, descendiendo por sus mejillas hasta morir en el seco mar de sus labios. El dinosaurio le seguía devorando, inexorablemente, de forma lenta pero firme, palmo a palmo, órgano a órgano, degustando cada pedazo de piel reseca, paladeando cada gota de sangre, regodeándose en aquel manjar de vísceras.
    El dolor era casi insoportable, pero no soltó ni un solo grito. En el bosque el silencio era absoluto, sagrado, similar al silencio que se produce justo antes de que estalle un beso en los labios de dos enamorados. Paulatinamente una agradable sensación de alegría fue recubriendo su escarchado corazón, que se derretía hasta formar un mar de cálido néctar de sangre. El dinosaurio ya había devorado el ochenta por ciento de su cuerpo. Soltó una profunda risotada, similar al sonido que produce una bandada de cien palomas muertas. Las fauces del dinosaurio le envolvían ya el fino cuello, el mentón después. Apenas podía respirar. Los pulmones le ardían ferozmente. El dolor era exquisitamente insoportable. El dinosaurio había terminado de devorarle. Los ojos inmersos en una oscuridad inimaginable. El cuerpo entero recubierto por una fina película de saliva. Y el corazón copado de absoluta alegría. Soltó otra vacilante risotada. La sensación de asfixia le agradaba, disfrutó placenteramente al comprobar como se ahogaba sin retorno. Tan solo fue feliz en el momento de su muerte. ¿Su muerte?
   
    Entonces despertó, esta vez de verdad. De nuevo, como en el sueño, se despertó en el momento justo en el que el alba se ofrece al mundo como una tibia promesa de luz. El corazón le latía con una fuerza extraordinaria, irreverente y angustiosa. Una profunda sensación de soledad le inundaba el pecho. Era una soledad muy parecida a un pozo infinitamente oscuro. Una soledad muy parecida al infinito.
    Muy lentamente, como una mariposa que rompe el capullo de seda, abrió los ojos. Reconoció de inmediato aquel lugar. Aquella habitación era como la típica habitación de cualquier niño de ocho años. Había un par de estanterías de madera prefabricada, seguramente compradas en Ikea, repletas de cuentos infantiles roídos y amarillos por el paso del tiempo. De la pared de color crema colgaban varios posters de películas de Disney. En el suelo había una alfombra verde que imitaba un campo de fútbol. Y a la derecha de la habitación una gran cama pegada a la pared. Sobre ella, un niño rubio de ocho años dormía placidamente ajeno al resto del mundo. Apenas se movía, como un calmado y cristalino lago sobre el que cae, suavemente, níveos copos de nieve. La luz culebreaba a través de la gruesa tela de las cortinas, yendo a parar justo en el angelical rostro del niño, acariciándole y amasando su suave tez.
    Un miedo terrible se apoderó de él. ¿Estaría soñando de nuevo? ¿Por qué se veía a si mismo durmiendo en su propia cama?
    El picaporte de la puerta comenzó a agitarse nervioso. La puerta, con el mismo mimo que una pluma cayendo sobre la arena de una playa remota, se abrió. Allí, en el vano de la puerta, se erigía una mujer rubia. En seguida reconoció aquel rostro ligeramente asimétrico, desembellecido por el mortal paso de los años. Era su madre. Con cautelosos pasos de felino, la madre se acercó al niño. La cariñosa mano le rozó el infantil hombro.

-          Despierta, cariño, es hora de ir al cole.

    El niño no se despertó. De nuevo la madre zarandeó con dulzura al niño.

-          No seas vago, tienes que ir al cole. Además hoy tienes examen ¿recuerdas?

    Sin embargo, el niño no se despertó. La madre, asustada, comenzó a llamarle más fuerte, a zarandearlo con más fuerza. El niño no se despertaba. Aquella mujer rubia de cara ligeramente asimétrica dio un grito. Segundos después su marido, un hombre recto y serio entró. Le colocó dos robustos dedos en el cuello. Entonces, de forma casi mágica, el universo entero se detuvo. Los engranajes del cosmos dejaron de funcionar por un infinito instante. Aquel instante era ahora, siempre y nunca, un segundo infinito sin principio ni final. La mujer de rostro asimétrico se abalanzó sobre el muchacho, abrazándole como la luna abraza al aterciopelado océano.
    Tenía unas ganas horribles de gritar. Lo intentó por todos los medios pero no le salía la voz. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no se podía mover? ¿Qué coño estaba pasando? El padre abrazó a la madre. Ambos habían estallado en un llanto desgarrador. El padre sacó su móvil de última generación para llamar a una ambulancia. Una vez hecha la llamada, estampó el puñetero móvil contra la pared de color crema, y volvió a abrazar a su mujer, que no se había separado del niño ni una sola vez. “¡Mamá!”. Tan solo quería que sus padres supieran que estaba allí, que tan solo había muerto aquella carcasa que era el cuerpo de un niño de ocho años. “¡Papá!”. Su desesperación era mortal. Cayó en la cuenta de que aquello no era un sueño. Aquello era real. ¿Había muerto? Había muerto al menos en apariencia. Entonces ¿Dónde estaba? ¿Qué era? ¿Por qué no podía moverse? Llegaron los médicos. Le colocaron electrodos en el pecho e intentaron reanimarle. Aquella escena se prolongó por dos infinitos minutos. Estaba muerto. Estaba muerto. Los médicos se lo llevaron en una camilla a la ambulancia. Los padres fueron tras ellos, cerrando la puerta de la habitación de un golpazo. Ahora la habitación se vio inmersa en el silencio de nuevo. Parecía mentira que acabase de morir allí un niño de ocho años. Entonces se dio cuenta. Miró la puerta nuevamente cerrada. De ella colgaba un pequeño espejo. Desde allí veía una pequeña estantería atiborrada de juguetes. Allí había dos coches de carreras rojos, un muñeco de acción y un dinosaurio. Un dinosaurio gris de largo cuello y mirada de niño de ocho años.


Imagen tomada de: leonardoneo.blogspot.com