miércoles, 7 de noviembre de 2012

Hernández, Santiago. ¿Qué sucedería si un hombre ejerce dominio en su entorno?



Es sencillo pensar en el límite al que un hombre puede ser sometido, en el impulso que rige su instinto y lo encamina a desenlaces fatales, y asimismo en la susceptibilidad del entorno. Modificar ciertos aspectos de la cotidianidad puede desencadenar una inestabilidad mental de la cual recuperarse resulta empresa irrealizable.
Pensemos por ejemplo en la costumbre de despertar entre los ruidos que suscita la mañana, esos que corresponden al movimiento de los mercados, el desplazamiento de los coches, la articulación de la lluvia mediante el viento, el rumor de los perros que pueblan los recodos, la violenta manifestación del invierno en la hojarasca o, en caso contrario, el gradual ascenso del verano a través de las flores que revientan. Ahora bien, sustituyamos lo anteriormente mencionado por un coro de megáfonos que nos recuerden la virtud del patriotismo, la lealtad a la causa, y el desprecio profundo por una individualidad que desemboca en el resquebrajamiento de la unidad social. Esto no significa un cambio inmediato en la conducta, pero supone ser una situación a la que, inevitablemente, la población debe adaptarse y esta adaptación es un elemento antinatural, por el mero hecho de que proviene de fuentes turbias, y es el inicio de una degradación paulatina que se ve reflejada en los esquemas mentales pues la comunidad ya no interactuará con su respectiva capacidad creativa, será entonces un conjunto enajenado propenso a influencia de otros individuos más poderosos.                                                                                                           

Comprendida ya mi postura frente a la fragilidad del hombre doy inicio al relato que constituye un vínculo con aquello que he mencionado.

Distrito de Vlad, en el corazón de una Rumania ficticia. Lentamente la tarde ensombrece los jardines y se pronuncia en las ramas hasta hacerla ceder en su extravagante cortejo, es vibrante y espiritual, es una reflexión de indescifrable armonía que convoca a un aquelarre. Tafur encabeza el cuerpo de investigación de una multinacional farmacéutica especializada en el progreso de la psiquiatría.  Disponen de los equipos necesarios y una sensación de entusiasmo complejiza dimitir del proyecto. Los sujetos  han sido inscritos de manera voluntaria y existe la normatividad necesaria para desvincular cada etapa del proceso de la ilegalidad. Por supuesto, el noble gobierno comprende la importancia de este estudio y no opone resistencia alguna a las peticiones de la multinacional, cuyo nombre parece corresponder al seudónimo del magnate y escritor Franz Deventhal, de quien se conocen vínculos con diversas organizaciones de dudosa actividad. En una de sus últimas publicaciones, Deventhal afirma que el individuo es un bien de la comunidad y por lo tanto su implementación como objeto de estudio en laboriosos análisis no debe ser una práctica fuera del marco legal de las instituciones.

Dentro de la gran edificación gótica los seis sujetos  son conducidos a recámaras distintas por un delegado de la organización. En cada una de las recámaras desarrolla un proceso  específico acorde con el perfil del sujeto. Lo intrigante es que todas comparten una misma característica, un revólver con una única carga sobre el velador y sumado a esto las múltiples cámaras.                              

 No habían finalizado siquiera las primeras prácticas cuando uno de los sujetos previendo lo que se avecinaba solicitó ser expulsado. Desconcertado por la serena reacción de los científicos, fue llevado a una recámara contigua a la salida donde debía aguardar por el taxi. Hubo un momento de inquietante duda. En todo caso el resto se mantuvo en su decisión por continuar. Los cinco permanecieron en sus respectivas habitaciones con la mirada fija en el vacío a la espera del aviso. El tiempo transcurría con modestia y en algún momento alguien vio las luces de su habitación encenderse y apagarse constantemente con tal violencia que fue inducido a un estado cataléptico. De inmediato una de las puertas que comunicaba con el pasillo principal se abrió en el instante preciso en que las demás eran entornadas gradualmente. Los hombres vieron el cuerpo a la silla atado y, reteniendo el temor en los párpados contraídos, dando un paso atrás sin el menor remordimiento, se internaron nuevamente en sus brecámaras.                                                                                              

 Un sistema de bujías y pistones inmovilizó en un sonoro estruendo las perillas, y cuando intentaron abrir una segunda vez las puertas comprendieron cuan inútil sería volverlo a intentar. Ahora eran cuatro y los científicos enviaron al delegado en busca del cuerpo paralizado mientras el buen Tafur consignaba en la base de datos la primera reacción de los sujetos  frente a la impotencia que encarnaban, es decir: Principio de Autoridad.                                      

        Ya entrada la noche se encendieron los televisores en las habitaciones. En estos se proyectaban numerosas imágenes instantáneamente. Claro está que cada proyección era distinta, por ejemplo en la de Cuevas, el estudiante de antropología, una sucesión de tonalidades blancas y negras avanzaba vertiginosa creando un efecto de euforia que culminaba en la automutilación. En otros casos eran simples reproducciones de paisajes que, sin saberlo, provocaban un aislamiento del individuo y anulaban su capacidad de relación con el entorno. Y así  la segunda etapa del experimento era destinada al exhaustivo análisis que Tafur realizaba.

Considero necesario aclarar ahora la verdadera naturaleza  del experimento.  La multinacional farmacéutica Franz Deventhal ha patentado durante las últimas décadas medicamentos de vanguardia cuyo avance en la psiquiatría la ha situado en la cumbre de la bolsa de valores. Su crecimiento (que raya en lo grotesco) facilita sus relaciones con las economías firmes que constituyen esa segunda trama tan desconocida para muchos en el consumo desmesurado del capital. Mas no es mi intención ingresar en este panorama, sino poner en relieve la crueldad con que desenvuelven su influencia. Franz Deventhal estimula el canibalismo espiritual,  término que refiere a la degeneración paulatina del pensamiento colectivo. De ahí el nacimiento de la globalización, la pérdida de la identidad cultural, el desarrollo desmesurado de la tecnología, la publicidad, la compra y venta de lo innecesario, la pobreza absoluta y la marginalidad. Y aquí debo detenerme puesto que reingreso a un terreno inseguro del cual, quizá, no podría levantarme.

Bueno, ya hemos hablado lo suficiente de los estímulos visuales del experimento, y hay que tener en cuenta que los dos sujetos  restantes se hallaban en la mitad del proceso. Trasladados a la misma recámara en la que al inicio del día el desertor aguardaba, contemplaron en medio del asombro y del espanto que ese hombre pendía colgado cabeza abajo y una serie de instrumentos quirúrgicos se encontraban dispuestos en una larga mesa. La propuesta era explícita y uno de ellos inició la labor. Es claro que aquí el tacto, la audición, la vista, el olfato e inclusive el gusto confluían. Y las salpicaduras, y el ritmo, la destreza del metal en el vientre tibio, el inicio de Cuadros de una exposición de Mussorgsky sustentando de belleza el lúgubre acto, el rostro impávido de los científicos, y el movimiento principal que se incrustaba en la garganta del ahora difunto, arrojaron los datos que sugerían una respuesta.

Ya la última fase consistía en la reincorporación del individuo a la cotidianidad y su tratamiento mediante el fármaco que pronto circularía con el pretexto de una mejora para los enfermos y desconociendo en su totalidad el trágico final y el curso de los hechos.


Imagen tomada de: ralphmag.org