lunes, 19 de noviembre de 2012

García, Alba. QUÉ OCURRIRÍA SI UN HOMBRE SE DESPERTARA CONVERTIDO EN UN INMUNDO ESCARABAJO?



Ya había amanecido. Abrí lentamente los ojos y vi como los escasos rayos de luz que entraban por la ventana se reflejaban en la pantalla del televisor. Mierda, me había vuelto a quedar dormido en el sofá. Siempre pasaba lo mismo, volvía a casa después de otro aburrido día en la oficina, después de soportar otro trayecto en el atestado metro de la capital, me sentaba en el sofá con algún plato de insípida comida precocinada y me quedaba dormido.
De ahí mis muchos dolores de espalda y mi mal humor al día siguiente. Mi vida era un interminable círculo sin fin del que no era capaz de escapar.

Volví a cerrar los ojos, concediéndome un momento antes de volver al mundo real y me di cuenta de que, extrañamente, esa mañana no me dolía la espalda. Fallé en mi intento de incorporarme, así que lo volví a intentar, cayendo irremediablemente al suelo. Nada más caer me quedé paralizado de horror, mi mesita auxiliar era cincuenta veces más grande que yo, ¿qué estaba pasando? Después de unos minutos contemplando la enormidad de mi salón, decidí por fin levantarme del suelo e ir a explorar el resto de la casa. ¡Cuál fue mi sorpresa al erguirme sobre seis largas patas! Aquello no podía estar pasando, era imposible. Puesto que no sabía cómo controlar mis nuevas extremidades tropecé durante todo el camino hasta mi habitación. Corrí como puede y me paré frente al gran espejo ovalado que colgaba en mi pared. Si hubiera tenido boca, en vez de una basta mandíbula de la que salían una especie de pinzas, ésta hubiera caída abierta. En el espejo se reflejaba un cuerpo de color verde brillante con tonalidades amarillentas, sujeto por seis patas, y con una cabeza coronada con dos grandes antenas. Lo que veían, ahora, mis dos pequeños y redondos ojos no podía ser verdad. Era un escarabajo. Era un asqueroso y feo escarabajo. Debía estar soñando. Si, seguro que era eso, un sueño, solamente un sueño. Me quedé mirando la imagen que me devolvía el espejo hasta que un irritante ruido me sacó de mi ensoñación. El timbre. 

- Hijo, ¿hijo estás ahí? – decía la voz de mi madre desde la puerta, llamando al timbre sin descanso. 

Como no obtuvo respuesta alguna la escuché introducir la llave en el picaporte y un segundo después entrar en la casa. Mi madre tenía la fea costumbre de no tener ningún respeto a mi intimidad. Me asomé por el marco de la puerta y la vi dejar unas bolsas en la cocina y, a continuación, dirigirse al salón. No entendí lo que estaba murmurando, pero sin previo aviso entró en mi habitación. Por suerte no me vio, y dejándome a un lado se puso a arreglar la cama diciendo al mismo tiempo:

- Este chico siempre igual, es un desastre.

Cuando terminó dobló unas camisetas que había encima de la silla de mi escritorio y se dio la vuelta para salir de la habitación. Esta vez si se percató de que estaba allí, aunque desde que ella había entrado yo no había movido ni un musculo de mi nuevo cuerpo, había permanecido donde estaba viendo como ella se movía por la habitación.

Poniendo cara de asco se acercó lentamente a mí y levantó la pierna para luego dejarla caer a escasos centímetros de donde me encontraba. No se cómo, pero reaccioné justo a tiempo. La segunda vez que impulsó su pierna hacia arriba ya estaba preparado, así que eché a correr lejos de ella temiendo por mi vida porque, ¿y si no estaba soñando? Sin embargo, me alcanzó y de forma implacable me aplastó contra el suelo.

Súbitamente desperté en el sofá empapado de sudor y tirando al suelo mi cena de la noche anterior.


Imagen tomada de: culpinak.blogspot.com