lunes, 19 de noviembre de 2012

Ramírez, María José. Ventarrón de América



La tía a sus dieciséis, como es natural en las mujeres a esa edad, era una muchacha tímida y poco segura de sí misma, no era la más bella pero tenía buen tipo, era poseedora de una sonrisa que causaba alegría a quien la miraba y tenía unos ojos tan poco comunes que de hecho lo que mi mamá más recuerda de ella son su par de ojos color celeste brillando todo el tiempo.
Lo que más gracia causaba de su físico además de sus ojos era su facilidad para sonrojarse, incluso con los piropos que le decían los obreros en la calle.
Como también es natural, era muy soñadora y la mayor parte del día se lo pasaba ensimismada en sus pensamientos imaginando novelescas historias románticas. No salía mucho a la calle, prefería quedarse en su casa ayudando en la cocina o sentándose en el viejo sillón de la sala a leer algún libro que le prestaba el vecino, un profesor de lengua castellana de la escuela del pueblo.

La mañana de un Lunes, en vacaciones de verano, se levantó temprano, como sus tres hermanas seguían durmiendo y su hermano aún no había llegado a la casa sus padres aprovecharon para mandarla a la tienda por huevos y leche para el desayuno. Ella de mala gana, pues prefería quedarse en su pijama a hacer pereza y terminar la novela que estaba leyendo sobre dos hermanas en el siglo XIX que vivían en ese país que quedaba en una isla como en otro planeta, Inglaterra, se arregló un poco y salió de la casa acompañada de un paraguas pues estaba lloviznando y no quería ensuciar las zapatillas blancas que le había mandado una prima lejana desde la capital y que tenía desde hace cuatro años.

Menos mal que no había mucha gente en la tienda pues ya su estómago empezaba a rugir.
Se acercó al mostrador de madera, recibió los huevos con cuidado y de repente cuando iba a tomar la botella de leche alguien tropezó bruscamente contra ella empujándola hacia un lado y una mano fuerte la agarró para evitar que cayera como los huevos lo habían hecho.
Tuluá era entonces, hace más o menos unos sesenta años, un pueblo de muy pocos habitantes en comparación con hoy en día, así que todos sabían quién era quién y se conocían la vida de cada uno.
Éste era un rostro que nunca antes había visto, indudablemente no era de por allí. Pensó que sus nervios no la iban a dejar responder a las disculpas de esta especie de aparición que le rogaba que lo excusara, que lo que había pasado es que iba jugando con su hermano y sin querer había ocurrido aquel accidente.

Esa misma tarde, Francisco José de la Santísima Trinidad, así se llamaba su aparición, fue a su casa a tomar café, pues su tío era el vecino y amigo más querido de don Obdulio, su padre.
Así empezó la mejor semana que esta mujer tuvo en su vida, un rato en el que ella solía decir que vivió el amor. Fue tal su felicidad aquellos días que aún hasta sus últimos años dudaba si verdaderamente existieron o habían sido producto de su novelesca imaginación.

Ocurrió que en la calurosa tarde del siguiente Lunes, Francisco José de la Santísima Trinidad llegó a la casa de la tía decidido a pedir su mano, ya que al día siguiente volvería a la capital de la cual no regresaría hasta dentro de seis meses y quería estar seguro que a su vuelta, la muchacha que había soñado para su futuro lo estaría esperando.
Sentados en el viejo sofá al frente de la mesa raída sobre la cual hervían dos tazas de café, Francisco José cogió la mano de la tía y tras una silenciosa pausa inició el discurso que había practicado toda la mañana frente al espejo. Mientras tanto el nerviosismo de ella estaba en su más alta cúspide, sentía su cuerpo temblar hacia adentro y pensó que su mano se iba a deslizar de la sudorosa mano de él.

Cuando en medio del poema que venía en el discurso, inesperadamente, su cuerpo produjo un viento oloroso y sonoroso que retumbó en la sala. A la tía América se le salío un pedo.

A pesar del temblor de sus piernas logró ponerse de pie, subió corriendo las escaleras, se encerró en su habitación y permaneció allí hasta dos días después.
Incontables palabras y frases de sus padres, hermanas y principalmente, de su enamorado Francisco, no tuvieron efecto alguno en la decisión de ella de no volverlo a ver nunca jamás en su vida.

Un mes después, escuchó al tío de su Pachito, comentarle a sus padres que su sobrino se iba a tener que quedar por ocho meses y no por seis.
Dos semanas después de que ella escuchara esta desgarradora y al mismo tiempo tranquilizante noticia, su padre llevó a la casa a su nuevo socio en el negocio de las frutas, un señor que le doblaba en edad a América, un hombre viejo con unos escasos pelos blancos en la cabeza, de cuya figura sobresalía una prominente barriga de cervecero y a cuyo rastro dejaba un inconfundible olor a viejito.

-Ya es hora de que vaya al altar mija, por un pedito ahí dejó ir al joven Pachito que además de ser un buen muchacho, ¡era tan buen partido!, y yo necesito que se case. Don Juan Prudencio de la Pava se ha fijado en usted desde hace días, y me dijo que usted le parece una buena muchacha, hacendosa y muy bonita, él se está proporcionando, así que pare de chillar, séquese esas lágrimas y váyase a dormir ya que mañana tenemos que ir al ensayo de la boda a la parroquia- le dijo don Obdulio a América, mientras ella se ahogaba en sus sollozos.

Aquel don Juan Prudencio terminó siendo un marido déspota, machista, bebedor y violento que una noche como resultado de su furia e intolerancia mezcladas con una tarde de aguardiente con los vecinos, le pegó una patada a la tía América que la dejó sorda por el oído izquierdo. Ella no volvió a ver a Francisco José de la Santísima Trinidad pues éste murió en un accidente tres días antes de la boda de América con don Juan Prudencio en un trayecto en camión en el que viajaba con desesperación a bordo, pues tenía que alcanzar a llegar y evitar de cualquier manera que ella se casara con ese señor que según había escuchado, no tenía muy buena fama.

Otros hechos de la vida de América no están muy claros pues sólo se tiene por cierto que llevó una vida muy triste y miserable además de permanecer en una desmesurada soledad pues se la pasó en su mayoría encerrada en una vieja y sucia casa viendo pasar las horas vacías ya que su marido no la dejaba salir ni hablar con nadie, ella siempre dijo que se sentía prisionera de su viejo y borrachín marido. Sus constantes compañías fueron un perro pequeño, mezcla de tres razas y ciego, y dos famélicos gatos, uno negro y otro de rayas grises y cafés. Constantes y únicas ya que tuvo cuatro embarazos fallidos.

Tampoco se puede decir que se dedicó a leer pues sólo le era permitido leer el periódico y revistas de propaganda, otro tipo de textos eran considerados tonterías y malas influencias. Su deber era cocinar con el poco mercado que don Juan Prudencio llevaba a la casa y claro, seguir respirando al lado de su despreciable esposo, a quien había de guardar siempre fidelidad y ser su mujer todos los días de su vida.

Y bueno, así fue como la tía América perdió al novio por un pedo, que no sé si es natural en las mujeres a esa edad.


Imagen tomada de: http://somewordsoflife.blogspot.com.es