domingo, 18 de noviembre de 2012

Viéitez, Rosa María. Anomia




 Qué pasaría si un asteroide chocase contra el sentido de su inercia y explotase en la superficie de Mercurio borrando el vocablo de una lengua al azar.
Ya está. Pasó. Una palabra ha desaparecido de los diccionarios de español y de todos los lugares donde estaba escrita.
Tampoco se reproduce en la memoria ni se recuerda pronunciar. Se ha esfumado todo menos su significado. Por eso se sabe que era importante; un gran denominador. Un nombre que en la primera acepción representaba de una vez a cualquier ser humano aunque después, y en la práctica, descartaba a las mujeres por falta de morfemas.
Se notó disgusto; el vacío en la mente de los que hasta entonces se habían identificado: todos los varones de la especie con lengua española ya adquirida. Los miembros de la academia de la lengua, que por casualidad  40 de 46 lo tenían masculino, convinieron cubrirla con… Hubo dudas: “Varón” estaba en sus principales acepciones pero sonaba menos, le faltaba una letra y algo más de significado, un carácter quedaba vacío. Bueno, pues “HUMANO” cuadraba bien. La palabra “humano” era adjetivo del vocablo muerto, y de todos los seres de la especie. También tenía el mismo número de letras; tanto en singular como en plural tapaba todos los espacios, y por supuesto, semánticamente era una palabra versátil e inmensa; además de sustantivarse con flexión de género, derivaba a verbo y conjugaba bien.
Los primeros enunciados que se repararon con “humano/s” decían así: “… el humano pisó la luna en 1963”, “los humanos conquistaron tal…, descubrieron cual” y, de pronto, una imagen impactó en los observadores. Junto a los viejos dibujos del simio poniéndose de pie notaron la falta. Era un vacío de representación tan ancho que no tenía palabras (ni que los científicos coincidiesen con la sesgada mirada de un dios). Por el momento, y para no ser acusadas de mayor involución, las humanas prefirieron seguir calladas. Pero cuando sus compañeros construyeron: “Los humanos y las mujeres…. “, gritaron: no. No, no, aquello era inviable. “Humanos” pasaba por sustantivo que contenía sin ambigüedad desinencias de género, y lo advirtieron la minoría con opinión. Elegid otra palabra que os identifique por sexo, el heterónimo ideal que se oponga a nuestro nombre común, porque, a estas alturas, a nosotras ya nadie nos saca de la especie. No, no.
Bien, los principales miembros pensadores huérfanos del nombre denominante se estrujaron el cerebro buscando alternativa. “Homínido”, no cabía; “Homo”, ni pensarlo, o tenía pluma o solo cuatro letras. “Varón”, otra vez. Sí, cómo no, se pensaba siempre, pero pasaba algo, se escurría al pronunciar, ¿por falta de uso?, o ¿Falta de complexión? Falta de carácter. Eso era; descartado a la segunda. Quedaba, quedaba… “Macho”.  “El macho y la mujer…” “un macho acuchilló a su mujer…”. Vaya, sonaba incluso más violento (y ni la mitad lo eran).  Cierto que el vocablo, aunque corto también, denotaba pura potencia sexual vivificadora,  pero, joder, los desapoderaba del valor semántico social que tenía aquella que todo lo encubría y a todos acogía en un edificio de sueño (excepto a las mujeres).  No, “macho/s” no metaforizaba bien, los situaba muy al comienzo: cuando primates se refocilaban instintivamente con “hembras”.
Zas, pasó una luz. Estalló una neurona violeta. No era preciso seguir pensando… en los trastornos de la evolución lingüística. Habían dado por fin con el término. Se acabó; la palabra que los identificaba como seres humanos de sexo masculino; el vocablo elegido para oponerse gramaticalmente a “mujer” sería: “V a r ó n”.
Sí, sí, ya lo habían barajado, pero lo rescataron por no haber otro más excluyente.


Imagen tomada de: comunicandoseentiendelagente.wordpress.com