miércoles, 4 de mayo de 2011

Prieto, Daniel. MI DINOSAURIO

Cuando me desperté el dinosaurio estaba allí…

¿Qué hacía un dinosaurio en mi habitación?, era más pequeño que yo pero con unos colmillos enormes, era de color verde césped y dormía en la alfombra de mi habitación. Parecía que tenía algo en el cuello: era una nota. Me acerque con cuidado para no despertarlo porque seguía dormido, iba a leer la nota cuando de repente sonó el despertador. ¡Mierda! Pensé; y como era lógico el dinosaurio se despertó.

Dije que era más pequeño que yo ¿verdad?, pues lo retiro, de pie me sacaba tres cabezas, y además corría a toda prisa hacia mí.

Lo siento, con tanto follón no me he presentado, me llamo Pedrito tengo quince años y vivo en la Edad de Piedra; mi color preferido es el azul, y la comida preferida… bueno mejor que siga con la historia que quería contaros.

Parecía que eran mis últimos dos segundos de vida pero resultó que no. Aquel dinosaurio empezó a lamerme la cara y decidí leer la nota.

Querido hijo Pedrito, tu padre y yo en el día de tu cumpleaños hemos decidido regalarte un dinosaurio porque pensamos que ya eres mayor. PD. No estamos en casa haz tu cama.

Por fin mis padre me habían regalado un dinosaurio todos mis compañeros ya tenían uno y yo era el pardillo que no, pero por fin todo había cambiado. Me puse mi camiseta de piel, mi mochila, mi cachiporra y subí encima de mi dinosaurio nuevo.

Eran las doce de la mañana, mi dinosaurio era un desastre, no me hacía caso y nos habíamos perdido ya tres veces, pero a las doce y media por fin divisé la puerta del instituto. Repasaba mentalmente mi entrada triunfal al instituto en mi dinosaurio nuevo y toda la gente aclamándome.

¡Pum! Una piedra me dio en la cabeza, todo el mundo se reía de mí y me tiraba piedras y yo no sabía porqué. Más tarde me enteré de que ya no se llevaban los dinosaurios de color verde si no, los de color rojo.

Ya estaba en casa haciendo los deberes de matemáticas, a mi lado se encontraba mi dinosaurio al que ahora odiaba con locura, pero me di cuenta de que sabía hacer cuentas de matemáticas. La primera operación era 2+2= y gruñó cuatro veces, pase a la segunda 8-2= y gruñó seis veces, desde aquel día no me separé de mi dinosaurio, no volví a suspender matemáticas nunca más, pero tampoco ligué con nadie porque ahora, las niñas pensaban que era un empollón y además tenía un dinosaurio verde.

Así que mis queridos amigos, la moraleja es, que cuando vuestros padres os regalen algo con toda su buena intención, pedidles antes el ticket.