sábado, 30 de abril de 2011

Bauset, Andrea. LA ENFERMERA Y EL PACIENTE

Cuando desperté estaba tumbado en una cama. Me costó bastante tiempo darme cuenta que me encontraba en un hospital. Tenía una máscara de oxígeno, una vía en el brazo y una venda que me cubría parte de la cabeza. Estaba rodeado de máquinas que no hacían más que pitar y el dolor era terrible.
Al poco tiempo empezaron a venir médicos y enfermeras a verme y a hacerme preguntas. No recordaba nada de lo que me había sucedido, según me contaron, me habían encontrado en el arcén de una carretera sin documentación y de momento nadie había preguntado por mí.
Durante las siguientes horas, no hicieron más que hacerme todo tipo de pruebas, análisis de sangre y de orina, escáner, etc. Los resultados no tardaron mucho en llegar. Fue uno de los doctores el que me dijo que lo que padecía era un trastorno del funcionamiento de la memoria, durante el cual era incapaz de conservar o recuperar información almacenada con anterioridad. En definitiva, lo que me pasaba era que tenía amnesia transitoria global y usualmente dura menos de 20 días. Ese era el tiempo que me quedaba para recuperar de nuevo mi vida.
Durante los siguientes días, la enfermera Marisa fue la única cara amable y simpática que se dirigía a mí para intentar hacerme reír. Aunque también hacía a la perfección su trabajo. Empezó a convertirse en mi particular “ángel de la guarda”. No recordaba nada y todo lo que ella me contaba y me decía me parecía maravilloso.
Cada día que pasaba, me dedicaba más tiempo que al resto de los enfermos. Estábamos empezando a tener una relación más personal. Prácticamente sabía todo lo que debía saber de ella, sin embargo mi enfermedad me impedía contarle algo sobre mí.
En alguna ocasión me llegué a preguntar si esa relación se debía mas a la pena que podía darla o si realmente nos estábamos enamorando. Sin lugar a dudas, yo sí estaba enamorado.
Ya llevaba 10 días en el hospital, todavía nadie había preguntado por mí y cada vez mi relación con Marisa era más intensa y personal. A la vez mi enfermedad comenzaba a remitir y empezaba a recordar cada vez más cosas. Ya sabía que me llamaba Jaime, vivía solo en un pequeño apartamento de Málaga y que trabajaba como programador informático en una multinacional.
Un día, el doctor vino a verme y me dijo que mi evolución estaba siendo muy buena y que seguramente al día siguiente me darían el alta médica, para seguir mi recuperación en casa.
Se lo comenté a Marisa y al principio se quedó muy triste, pero la dije que se fuera a vivir conmigo a mi apartamento. De esta manera podría llevar mucho mejor la recuperación a su lado. Me contestó que la gustaba mucho la idea y que sí se iría a vivir conmigo.
Así fue como comenzó una nueva vida para mí. Lo que viví en el pasado, se olvidó con la amnesia. No puedo decir si era bueno o malo, lo que sí puedo asegurar es que a partir de ahora iba a ser muy feliz junto a Marisa.