jueves, 6 de enero de 2011

El imaginario europeo de África

Existen una serie de textos de europeos destinados a desvelar los secretos que entrañó África para el resto de los habitantes del viejo continente. Los relatos responden a diversos géneros pero una constante es la fascinación y sorpresa con que el europeo descubre un continente que culturalmente es muy distinto al propio. El conjunto las visiones del otro que han aportado estos testimonios han acercado al lector europeo al continente africano; así como han configurado un imaginario colectivo respecto de éste. En este trabajo se compararán los elementos antropológicos de tres textos representativos de las distintas etapas en la construcción de ese imaginario. Como dos de las obras que trabajaremos son ficcionales y la otra es un trabajo antropológico, con carácter subjetivo, no se trata de extraer características reales de África, sino comparar las visiones que dan de ésta. En orden cronológico, Cinco semanas en globo de Jules Gabriel Verne, que pertenece al siglo XIX, cuando los europeos estaban pugnando por conocer el continente en profundidad y adentrarse en él; Lejos de África de Isak Dinesen, que narra las memorias de la autora a comienzos del s. XX, en los que fue colonizado; y El antropólogo inocente de Nigel Barley, el cual pertenece al postcolonialismo. Estos textos tienen en común que el narrador está vinculado con Inglaterra y cuenta sus experiencias en África. En el caso de Verne tiene mucha importancia la identidad de los protagonistas como pertenecientes a Inglaterra, mientras que Barley es él mismo autor inglés y vive en el continente negro. El libro de Dinesen también toma como base experiencias propias y fue escrito en inglés, si bien la autora es danesa. En todos los casos, los narradores son europeos, muy vinculados a Inglaterra y nos ofrecen una visión de la cultura africana .

La visión del Otro en los libros analizados responde a distintos puntos de vista. Verne muestra a los nativos como «salvajes», herencia de los primeros libros de viajes. Se conservan elementos del imaginario creado a raíz de Los viajes de Marco Polo. Por ejemplo, la existencia de hombres con cabeza de perro ha tenido una larga tradición en los libros de viajes, como es el caso de El diario de a bordo de Cristóbal Colón. Tras comentar sobre unas tribus denominadas «nyam nyam», comenta Fergusson, protagonista de la novela de Verne: «Se dijo también que estos indígenas estaban provistos de rabo… pero debemos relegar eso del rabo a la categoría de las fábulas, como la cabeza de perro… (p. 121)». Se desmiente el que tengan cabeza de perro, pero aparecen otros aspectos de ese imaginario, relativos a la falta de civilización del Otro. La percepción de Dinesen se apoya en una experiencia más realista y el cariño a una tierra, indómita, pero hermosa y cautivadora. Mientras que Nigel Barley se refiere a África con ironía, recurso que, como dice J. Jesús de Bustos, se opone a lo sagrado, y reduce la mitificación de ciertas características de la cultura africana. No hay espacio ni para el temor a la terrible fiereza africana de Verne ni para el romanticismo de los orgullosos masai que cuenta Dinesen. Por ejemplo, Barley se da cuenta de que el supuesto conocimiento de la naturaleza que alberga ésta es una construcción de los antropólogos; y los africanos saben muy poco de la vegetación y fauna que les rodea.

Estos relatos responden a la curiosidad que despierta en un europeo la cultura africana, tal como describe Dinesen:

«El amor a la mujer y a la feminidad es una característica masculina, y el amor al hombre y a la masculinidad es una característica femenina, y hay una sensibilidad especial hacia los países y razas del sur que es una cualidad nórdica. Los normandos debieron enamorarse de los países extranjeros, Francia primero, luego Inglaterra. Aquellos viejos milords de la historia y literatura del siglo XVIII que están siempre viajando por Italia, Grecia y España no tenían nada de meridional en sus naturalezas, sino que les fascinaba algo que era completamente distinto de ellos… Había cosas que no hubieran soportado ni en sus países ni a sus allegados, pero aceptaban las sequías de las tierras altas africanas, las insolaciones, la ictericia hematúrica del ganado y la incompetencia de los sirvientes nativos, con humildad y resignación (p. 33)».

Esta oposición Yo-Otro va más allá de ser una comparación objetiva entre continentes, y abarca otros muchos aspectos de imaginarios identitatarios. Se diferencia entre los pueblos “normandos” y los pueblos “meridionales”. La diferenciación geográfica, que incluye en la segunda categoría además de África a países europeos, da lugar a una oposición del carácter de sus habitantes. Así los “normandos” se ven atraídos por las sociedades “meridionales”, más allá de las incomodidades que tiene vivir en las tierras de éstos.

Una de las primeras realidades que llaman la atención al Yo europeo, que observa, es la ruralidad de las ciudades y la majestuosidad de los inmensos parajes. África tiene una baja densidad de población, en términos generales su desarrollo industrial es menor, y en su geografía los observadores descubren grandes extensiones a las que la civilización llega en menor medida y en la que se conserva la vida salvaje. Los personajes de Verne tienen una visión panorámica de las pequeñas poblaciones y sus mercados, las montañas y los enormes animales que pueblan la sabana. Dinesen también pone el foco en lo alto:

«En la fragosidad e irregularidad de la región, un trozo de tierra cultivado y cuidado según las reglas parecía muy hermoso. Más tarde, cuando volé sobre África y me familiaricé con el aspecto que ofrecía mi granja desde el aire, empecé a admirar el cafetal, que resplandecía de un verde brillante en medio del gris verdoso de las tierras que le rodeaban, y me di cuenta de cuánto necesitaban las mentes humanas de las figuras geométricas (p. 23)».

A diferencia de los espacios habitados por humanos en Verne, que son agrupaciones violentas y sin orden, el cafetal en Dinesen es un producto de «cultivado», palabra de raíz común con cultura: y que genera una bella simetría. De los comentarios de Barley acerca de los dowayos se extrae una sensación de caos. Cuando acude al dentista sucede que:

«En cuanto se abrió la puerta del consultorio, fui empujado por los africanos que esperaban hasta el comienzo de la cola. Dentro había cierta cantidad de instrumentos dentales en un estado lamentable y un gran diploma de la Universidad de Lyon, cosa que me tranquilizó un poco. Le expliquen mi problema a un grandullón que había dentro. Sin más discusión, éste agarró unas tenazas y me arrancó los dos incisivos… Muy bien, declaró irritado, si no estaba satisfecho con su tratamiento llamaría al propio dentista (pp. 138-139)».

El ingenuo antropólogo se queda conmocionado porque el mismo que saca muelas, también «arregla relojes».

El extranjero que llega a África se encuentra con un lugar de difícil acceso físico y cultural. La distancia lingüística hace preciso un mediador, que facilite el conocimiento del continente al recién llegado. Fergusson cuenta con las noticias de anteriores expediciones y de «…las narraciones de los árabes. Los árabes son muy aficionados a los cuentos, tal vez demasiado. Algunos viajeros, al llegar a Kazeh o a los Grandes Lagos, vieron esclavas procedentes de las comarcas centrales y les pidieron noticias de su país. Las esclavas se las dieron, y he aquí todos los documentos con los que se han formado legajos que sirven de base a sus sistemas (pp. 120-121)». El Yo se diferencia del Otro culturalmente en el modo de transmisión cultural. El Yo recibe los intercambios orales, que remiten a Las Mil y Una noches, y los convierte en “legajos”, cúmulos de conocimiento escrito. El relato de Dinesen también refleja la capacidad de los africanos para contar historias: «Entre las cualidades que buscan en un amo, en un médico o en Dios, la imaginación, me parece, ocupa uno de los primeros lugares… Cuando los africanos hablan de la personalidad de Dios hablan de la personalidad de Dios hablan como en las Mil y Una Noches o como en los últimos capítulos de Libro de Job (p. 40)». En el caso de Barley se encuentra con las dificultades que tiene un idioma tonal para un individuo cuya lengua no se rige por esa graduación. Esto genera malos entendidos, como que en lugar de despedirse de un brujo diciendo «Disculpe… tengo que guisar un poco de carne», declara: «Discúlpeme, tengo que copular con el herrero (p. 77)». El desconocimiento de la lengua da lugar a las anécdotas más disparatadas. Los dowayos acaban entendiendo lo que quiere decir Barley, lo que recuerda a la anécdota de Bourdieu en que preguntaba en sus investigaciones si se podía decir tal cosa o tal otra y le respondían que sí siempre, aunque no significase nada.

Barley pretende, como los expedicionarios de Verne, transcribir y llegar a precisiones académicas acerca de la cultura dowaya, que no responden a la oralidad de ésta. El progreso que supone disponer de la palabra escrita, que hace progresar el conocimiento del mundo tanto en Verne como en Barley, tiene un extraordinario poder para los africanos en el momento en que la descubren. Así Dinesen escribe: «El pasado, que había sido tan difícil de traer a la memoria, y que probablemente le parecía que cambiaba cada vez que pensaba en él, había sido atrapado, conquistado y delimitado ante sus ojos. Se había convertido en historia; contra él no prevalecían ni la variabilidad ni las sombras del cambio (p. 140)». En la oposición del Yo frente al Otro, el primero ofrece al segundo la posibilidad de dejar constancia de los acontecimientos mediante la palabra escrita.

Los protagonistas de los libros que se están tratando establecen también comparaciones entre los diversos grupos que pueblan África. En Verne se narran las guerras provocadas por los fellahas. En Dinesen los árabes, en cambio, aparecen como individuos graves y serios: «Son severos mahometanos (refiriéndose a los emigrantes somalíes en Kenia) y, como todos los mahometanos, tienen un código moral de acuerdo con el cual te juzgan. Con los somalíes puedes crearte un prestigio o destruirlo en una hora (p. 143)». Barley muestra las diferencias entre el norte y el sur de Camerún según la pertenencia a tribus nativas o a la religión árabe. Los tres autores coinciden, con las diferencias temporales que separan sus estancias en África, sobre la corrupción de la pureza de ésta. En Verne se muestran diversas poblaciones empobrecidas, el caso más claro es Tombuctú, que ya ha dejado de ser el centro cultural que fue para ser un mero lugar de comercio regional. Dinesen comprueba en persona el ocaso de los masai:

«Eran luchadores que habían dejado de luchar, un león agonizante con las garras cortadas, un nación castrada… Una vez en la granja, tuve tres novillos que convertimos en pacíficos bueyes para el tiro y la labranza, y luego los encerramos en el patio de la granja. Aquella noche las hienas olieron la sangre, vinieron y los mataron. Pensé que ese era el destino de los masai (p. 147)».

La debilitación de los moradores autóctonos se simboliza en la castración. Los masai siguen existiendo, pero han perdido su fuerza. Barley, en su trabajo de campo, se enfrenta a numerosos obstáculos por la corrupción de las instituciones camerunenses y vive en carnes propias la miseria de sus habitantes.

Se han comparado algunas de las oposiciones entre la identidad cultural del viajero europeo y cómo percibe África en lo referente a la geografía, valores, transmisión del conocimiento y contrastes entre diversas poblaciones. Se puede comprobar la evolución del imaginario europeo respecto de África.


Bibliografía

Isak Dinesen. Lejos de África. Madrid: Alfaguara. 1985.

J. Jesús de Bustos. El humor como categoría transversal del discurso. Ejemplos en textos medievales. Conferencia celebrada en la Universidad Complutense. 2010.

Jules Gabriel Verne. Obras. Tomo I. Barcelona: Plaza y Janes. 1982.

Nigel Barley. El antropólogo inocente. Madrid: Anagrama. 1989.