martes, 30 de octubre de 2012

Zulliger, Elisa. Dinosaurio



Nuestra piel está rozándose. Aunque tengo ganas de incorporarme de un salto, mantengo mi postura agazapada. Al fin y al cabo, no sé hasta qué punto nos pertenecemos el uno al otro.


 Mi respiración pesada acaba por acompasarse a la suya, que, como la de un cervatillo, ha sido bastante agitada hasta ahora. Parece calmarse desde la cavernosidad más ignota de su ser. 

 Ahora que nuestra presencia es acostumbrada, me atrevo, aún con respeto, a pasear la vista por la semipenumbra, sin esperar encontrar nada, sin el deseo de volver a casa. 

 La criatura se estremece bajo mi ser y, cosa extraña, siento que no soy yo –con mi tamaño- quien podría eliminar cualquier amenaza, sino que sería su indecisión la que nos salvaría. 

 Es el contacto de nuestras pieles lo que me hace sentirme diferente, como de otro mundo, como si nunca me hubiera guardado la más mínima lealtad. 

 Llego a pensar por un momento si no matará abriendo los poros de su epidermis; de este veneno el primer efecto la pérdida de la razón. Termino por olvidar. Olvidar para qué he venido. Qué soy. 

 Le empujo por este lado por si hace algún ruido, pues ¡alguna defensa habrá de tener el bicho! Siento que si no hago cualquier movimiento ¡el que sea! mutaremos a un solo individuo.

¿Quién no ha luchado por la in-dependencia? ¿Quién no ha in-sultado sus derechos? ¿Quién nunca quiso entregarse para siempre para luego replegarse en sí mismo, con tantas dobleces como el mantel con más encajes del mundo? 

¿Cómo vas a encontrar así el alma? ¿En un trozo de tela inmaculada? 

 Solo, no se es libre y siendo uno con un compañero, en la grandeza de espíritu, de ideas, ¿crece de veras uno mismo? El aislamiento es la mejor opción, sin duda. 

 Simbiosis en que mi cuello culebrea alrededor de esta superviviente. No la he buscado. Pero ella me necesita. Se ha dormido, su cabeza –de forma extraña –cuelga sobre un cuello de una longitud ridícula, en el caso de que decidiéramos llamarlo cuello. 

La porosidad de mi piel rugosa sirve de campo perfecto para la plisada de ella. 

Así, con ella en mis brazos, me siento grandioso por vez primera.

 Lleno de pánico, compruebo que nuestras pieles se han hecho siamesas de la noche al día. De pronto hay mucha luz. Me habré adormecido mirando cosas que hacen ruido. De pronto, la superficie sobre la que estábamos asentados, se quiebra. Caemos. 

Me desperezo con su presencia colgando de mi nuca. Me sacudo. Doy un grito de bienvenida.  

Pero entonces recuerdo que los míos no están cerca. Estoy en un sitio desconocido. Recuerdo de forma precaria los ojillos de la criatura abriéndose desmesuradamente, su piel quebradiza y en el mismo momento, siento deslizarse por mi espalda –desde la zona de mi nuca donde alguien ya me podría haber puesto orejas –un líquido de una viscosidad con las propiedades del ácido.  

 Me llamáis diplodocus, aunque haya querido ser otro. Mi hibernación suele durar unos años. Por eso la vieja señora García ha muerto amada y estrangulada por mí. Por eso tengo tanta hambre. 


Imagen tomada de: luzisombra.blogspot.com