viernes, 27 de mayo de 2011

Sevilla, Santiago. La Pluma de la justicia

El Emperador acerca el sillón y con un gesto airoso toma la Pluma de la justicia. Se la entregó el Consejero. El Emperador se paseó por los corredores durante muchas noches antes de sincerarse. «¿Cómo impido que me venzan?». El Consejero no dijo nada. Revolvió en su arcón y le entregó una pluma color fuego. «Siempre que tome una decisión importante, escriba con ella». El Consejero espera a su lado. El Emperador moja la pluma y lee lo que va a escribir. Rellena una cuartilla con nombres y delitos. «Como guardián del Pueblo ratifico la decisión de que los rebeldes sean ajusticiados». Lee esto, pero la tinta se agota tras escribir «se». El Emperador empapa la pluma, rasca el papel con ella, pero no deja marca. Se vuelve sorprendido hacia el Consejero. «Déjela que escriba». El Emperador prosigue: «rehabiliten».