jueves, 27 de diciembre de 2012

Sevilla, Santiago. Ejemplar único



Tamborileaban las uñas en la copa de coñac. El Barón había insistido en recibir a un visitante desconocido, en contra del consejo de su mayordomo y de toda costumbre, pasó por alto las presentaciones, que eran tan útiles para deshacerse de las visitas ociosas.
El visitante había dicho algo que le había inquietado, cuando recibió el aviso de boca de Héctor, estaba por pedirle que le dejara, pero éste transmitió una palabra molesta. Si bien el lenguaje es caprichoso y las palabras a veces no significan nada, el Barón quería cerciorarse.

Ahora estaba sentado con un hombre desconocido. El Barón llevaba estudiándole desde que había entrado. Era más alto que fuerte, con el rostro surcado de arrugas y los ojos fieros; sin embargo, el Barón no sintió miedo, sino más bien una cierta curiosidad. El visitante tosió con violencia un rato y, cuando se hubo calmado un poco, dijo:

-Estoy demasiado viejo para andar de noche y con tanto frío, pero quería verte una vez más, Rápido-. Rápido, había vuelto a decir esa palabra. El Barón se quedó helado, no era una casualidad.

-¿Cómo me ha llamado?

-Rápido, ese era tu nombre, antes, cuando sólo tenías un hambre terrible por ascender. Vaya, no te acuerdas de mí. No es muy importante, nunca fuimos muy amigos; pero mucha gente confió en ti, en tus promesas fervorosas, en aquellas escaramuzas que exagerabais tanto y que, a la postre, acabasteis por falsificar- el Barón se recordó a sí mismo en la Resistencia, el país estaba invadido y, como no quedaba ejército regular, había que combatir al enemigo con explosivos caseros y malos cuchillos-. No sé en qué punto te diste cuenta que no podíamos ganar y decidiste pasar al enemigo, el caso es que lo disimulaste muy bien- el visitante se levantó con sorprendente violencia y sacó de su túnica un objeto alargado, lo que hizo temer al Barón que fuera a vengarse de él-. No, Rápido, no toques la alarma. No voy a hacerte nada, ya no tiene sentido. Vengo a decirte que la Resistencia ha seguido adelante y estamos enterados de todo- el visitante desenrollo el mapa que tenía en la mano y fue señalando puntos en él-. Todos los cuadros de Johannes Elderías, salvo el que tienes, han sido quemados en los últimos meses. Según los periódicos, se trata de un ataque integrista, los extraños seres de los cuadros de Elderías supuestamente ofendían a integristas. Nosotros sabemos que no es así, sabemos que has sido tú quien los ha quemado. Ay, Rápido, no tiene límites tu sed de riqueza. Nadie sabe de dónde sacó Elderías esas imágenes de Dioses deformes, más grandes y fuertes que el Dios único. Nosotros tampoco lo sabemos, pero tenemos pruebas de que  encargaste la quema de los cuadros. No te rías, sé que no puedo hacer nada contra ti, el Imperio te protege; pero voy a darme una última satisfacción- dijo el visitante dejándose caer sobre el escritorio que le separaba del Barón-. Querías que tu cuadro fuera único, el único ejemplar de Johannes Elderías, que valiese innumerables millones. Y estuviste muy cerca de conseguirlo, porque es verdad, ya no quedan Elderías, ni siquiera el tuyo. Es una copia, el original se ha perdido. Tiene gracia, tú que eres uno de los mayores mecenas del país, todos estos meses, sobornos, reuniones a escondidas, mentiras en la prensa; para qué… para absolutamente nada. Podías haber conseguido varios originales y ahora no tienes nada. Sigues siendo asquerosamente rico, pero, por lo menos, esta vez no te has salido con la tuya. 


Imagen tomada de: blog.chrismoreno.org