martes, 20 de noviembre de 2012

Obeso, Beatriz. ¿Qué ocurriría si un día te dieses cuenta de que has desperdiciado tu vida? tu vida?



¿Alguna vez te has preguntado qué ocurriría si despertases un día y te dieses cuenta de que has desperdiciado tu vida?

Eso es lo que le ocurrió a Stan Buhrem la mañana del 19 de febrero. No es que hubiese tenido una epifanía en el sueño. Tampoco fue una verdad que había estado meditando durante un cierto tiempo. Fue una gran revelación surgida de un pequeño detalle durante el desayuno.
Stan no solía desayunar mucho, de hecho no había nada en su vida que él “hiciese mucho”, por ello, como cada mañana durante los últimos trece años, fue con su bata de franela de cuadros marrones con las mangas ya desgastadas, a por su café matinal a la cocina. Esa misma cocina de muebles de linóleo amarillo que Stan tanto odiaba, porque el amarillo era un color que a Stan siempre le había recordado a enfermedad. Bilis. Pus. Por supuesto a su mujer le encantaban esos muebles. Todas las mañanas no podía evitar pensar en lo mucho que odiaba esos horribles armarios mientras se sentaba a la mesa en las sillas acolchadas de la cocina. Siempre se sentaba en la silla que tenía menos acolchado. No era una manía suya, pero como Annette, su mujer, siempre se sentaba en la misma silla, a él le quedaba sólo esa.

Así, cuando aquella mañana entró en la cocina, repitió el esquema rutinario de los últimos trece años: ARMARIOS. ENFERMEDAD. MISMA SILLA. ANNETTE.

Por supuesto, Annette ya estaba allí tomándose el café y leyendo como cada mañana el periódico. Y como siempre estaba haciendo esos ruiditos que llevaba haciendo durante los últimos trece años. Eran esos ruiditos que Annette hacía cuando chocaba rítmicamente sus largas uñas rosas contra la cerámica de la taza de café. Stan también odiaba esos ruiditos, pero ya se había acostumbrado a ellos de tal manera que, cuando su mujer no los hacía era claro signo de que algo iba mal. 

No había indicios de que aquella mañana fuese a ir a mal o a ser diferente. Eso es lo que decían la uñas de Annette. Tap. Tap. Tap. Uña y cerámica. Fue en ese momento, que Stan se encontraba hipnotizado con esas garras rosa bebé, en el que se dio cuenta de que la rutina se había roto… ¿Por qué sabía diferente el café?

“¿Te gusta el café, Stan? Es la marca que anuncian todo el rato en la televisión, es que había una oferta en el supermercado, ¿sabes?” Le preguntó Annette sin levantar la vista del periódico.

Stan se quedó mirando la taza de café con un gesto extraño. No estaba mal el café, de hecho sabía más fuerte que el habitual. Le gustaba. Pero, ¿por qué no era el café de siempre?
“Está bien” murmuró Stan. Tampoco hacía falta una respuesta. Su mujer no la estaba esperando.

Parecía un hecho absurdo. Aislado y sin ningún tipo de trascendencia. Y esto efectivamente habría sido así para cualquier persona. Pero no para Stan, que mientras que se miraba en el espejo auxiliar del baño, y se ponía su corbata azul de rayas, se dio cuenta de que el hecho de que aquella mañana hubiese tomado un café distinto al que llevaba tomando todas las mañanas durante los últimos trece años, era lo más llamativo y tal vez emocionante que le iba a pasar en toda la semana, y probablemente en todo el mes. 

Sin embargo lo importante aquí fue cómo reaccionó Stan. Ya había visto más casos como estos. Era un tema recurrente en la psicología moderna. Había sido tratado en películas y novelas de éxito. La insatisfacción personal. La pérdida de identidad. Crisis de los cuarenta. La presión de un trabajo asfixiante. Matrimonios fallidos por la falta de deseo sexual. No era algo inesperado, y ya se sabía cómo reaccionar ante este sentimiento: dejar el trabajo, recuperar el espíritu veinteañero tal vez rescatando antiguos LP de rock, un par de porros, cambiar a un estilo más juvenil (menos corbata y más camiseta) y lo más importante, tener un aventura con una rubia diez años más joven que su mujer y con las tetas en su sitio.

Stan podría haberse planteado hacer todo esto. No iba a negar que le resultaba atractivo. Pero no estaba seguro de eso era exactamente lo que había perdido por el camino. No, definitivamente no era eso. 

Estaba decidido a descubrir aquel día cuál había sido el eslabón perdido de su cadena. Para inspirarse mientras estaba conduciendo de camino al trabajo, cambió su emisora habitual por la emisora local de rock. Se alegró. Conocía la primera canción. Para cuando iban por la mitad de la segunda canción cambió a la habitual emisora de noticias. No estaba seguro de si debía tomar la desviación de la 52 aquella mañana, y le parecía un poco arriesgado lanzarse sin haber comprobado los informes de tráfico.

Para intentar resarcirse por la falta de éxito en la “operación espontaneidad” de esa mañana con la radio, decidió que al llegar al trabajo no aparcaría en su sitio habitual. Nada del sitio más cercano a la entrada y a la sombra. Aparcaría al final, y caminaría a la entrada. Entró al aparcamiento decidido, pero le pareció que la última fila estaba demasiado lejos, y tampoco pasaría nada si lo aparcaba en las penúltimas filas. Pero siempre había alguna pega. Ese coche ocupa demasiado espacio. Allí hay una columna. A ese sitio le da mucho el sol. Después de cinco minutos, decidió que ni iba a perder el tiempo. Aparcó en el lugar de siempre.

Ese día se relajó por primera vez en el trabajo. Incluso podría decirse que fue algo improductivo. Le satisfizo enormemente ver que no le agobiaba el hecho de dejar un par de informes para mañana. Hoy no se iba a agobiar.

Annette le llamó al trabajo sobre las doce. No era por nada en especial, sólo quería saber si Stan quería algo del supermercado, tenía pensado pasarse después de salir del trabajo.
Stan pensó que tal vez debería decir algo como que realmente le importaba una mierda lo que quisiese comprar, que tenía cosas más importantes en las que pensar como por ejemplo recuperar su vida, que no fuese una hipócrita, que si su marido no le importaba en la cama poco se creía él que le importase lo que quería para comer. Entonces Stan pensó en aquello que sí deseaba. No era otro trabajo, ni otra mujer…la respuesta estaba clara. Algo que llevaba queriendo desde que tenía dieciséis años. Una Harley Davison roja. Siempre dijo que con su primer sueldo se compraría esa belleza de dos ruedas. En su lugar empleó el dinero de ese primer sueldo en la hipoteca de la casa con tres dormitorios, dos baños, cocina-comedor y garaje con dos plazas en las afueras. Pero aún no era tarde, tenía algo de dinero ahorrado en el banco, y además pediría un préstamo, y haría de una vez por todas ese viaje que tanto tiempo llevaba deseando. La ruta 66. 

Estaba a punto de colgar a Annette cuando pensó en los famosos bares de la ruta 66, con su desayuno de huevos con beicon, y tartas de manzana, y esas camareras que constantemente sirven café. Café. ¿Sería el mismo café que Stan tomaba?

Annette esperaba una respuesta al otro lado del teléfono. Stan se limitó a decir, mientras cogía los informes que antes descansaban en su mesa para terminarlos:
“¿Podrías comprar el café de siempre?”


Imagen tomada de: franciscocerna.blogspot.com