viernes, 20 de enero de 2012

La niña que fui de Dolly Gerasol

 “Te has pasado la mayor parte de la vida tratando de borrar tu niñez, que era un peso muerto. Yo no te lo he permitido. No quería morir en mi celda ni dejarte ir. Pero abriste la puerta. Aunque algo tarde, abriste la puerta. Gracias por la lluvia en mi desierto”.

(Alas para vivir, de Richard Bach)


Era una tarde de verano en que me sentía particularmente sola. Mis dos hijos ya no vivían en nuestra casa y
mi esposo había viajado a otra ciudad para asistir a una carrera de autos.

Estaba recostada en el sillón del jardín a la sombra de un gran eucalipto, junto a la piscina, cuando de pronto distinguí algo en el cielo que llamó mi atención. Allí entre las blancas nubes que moteaban el azul del firmamento había un barrilete, tenía cuatro brillantes colores en su papel y en el centro el dibujo de una niña pequeña estilo Sarah Kay. Al principio pensé que era extraño que en esta época los niños aún optaran por ese entretenimiento que en mi niñez era muy común. Luego cuando el reflejo del sol fue obstruido por el barrilete y pude ver el diseño con claridad, algo se sacudió en mi interior.
No tuve demasiado tiempo para analizar la razón de mi desazón, porque luego de pocos segundos el objeto volador se desvaneció. Fue extraño pero parecía como si hubiera sido un holograma fruto de mi imaginación, sentí que se me estrujaba el corazón.
Decidí buscar algo fresco para beber porque supuse que el intenso calor estaba creándome alucinaciones. Luego de refrescarme además de con la bebida, mojando mis pies en el agua fresca de la pileta, decidí dormir una siesta a la sombra del árbol.
No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que cerrara los ojos para intentar dormir un rato, pero lo cierto fue que comencé a escuchar la risa alegre de una niña y una dulce e infantil voz que me llamaba en susurros.
Abrí los ojos lentamente porque temía lo que pudiera imaginar esta vez. Busqué con la mirada la imagen de alguna pequeña, pero no la hallé. De todos modos lo extraño era que seguía escuchando su voz que flotaba como notas musicales en la espesa brisa de la tarde. Me levanté del sillón y entré en la casa.
Decidí darme una ducha y luego mirar la televisión, no sin antes tomarme algún analgésico para el dolor de cabeza que empezaba a hacerse lugar. Cuando estaba entrando a la cocina escuché en el patio el sonido de una hamaca que chirriaba, la voz de la niña ya no sonaba. La situación se estaba poniendo temerosa y cuando estaba a punto de dirigirme al living para telefonear a mi esposo, la vi a través de la ventana abierta. Allí donde yo había estado recostada junto a la piscina, en lugar de haber un sillón de jardín había una hamaca sostenida por una gruesa rama del árbol, y sentada en ella, meciéndose, una niña.


Extrañamente no sentí temor ni me asusté al verla, al contrario, una sensación de familiaridad y ternura me invadió e incluso me quitó la jaqueca. La pequeña me saludó con su blanca y delicada mano y al momento me impulsé hacia donde ella se encontraba. Necesitaba poderosamente hablarle, como si de pronto me reencontrara con alguien a quien no veía desde hacía muchísimo tiempo y que echaba de menos con intensidad.
—Hola —la saludé tímidamente y me acerqué con sigilo para no asustarla—. ¿Cómo te llamas? —le pregunté con una necesidad crucial de conocer su nombre.
La niña tenía los cabellos castaños sostenidos por dos trenzas largas a los lados de su cabecita, calculé que debía tener diez años, y vestía un hermoso vestido blanco salteado con pequeñas flores azules y verdes y puntilla en los ribetes de la falda.
—Me llamo Lali. Hacía mucho que no nos veíamos. Yo también me siento sola como tú. Me gustaba compartir tiempo juntas —me dijo con una mirada triste mientras reducía la velocidad de su balanceo.
—Lo siento pequeña, pero no recuerdo haber pasado tiempo contigo —le comenté con pena porque realmente hubiera deseado recordarla.
—Todavía conservo a Toto, lo quiero tanto que no podría regalarlo como hiciste tú cuando cumpliste once años —mientras me explicaba algo que sin duda yo debía saber me mostró un pequeño oso amarillo y blanco con un moño verde enlazado a su cuello.
Mis ojos lentamente se llenaron de lágrimas mientras tomaba con delicadeza el peluche que ella me tendía.
—Sabes Lali, creo que los engranajes de mi memoria están comenzando a funcionar. Sólo que es doloroso tener que reconocer lo que te he hecho durante tantos años. —Lentamente me acerqué a la pequeña de vivaces ojos negros y le acaricié la mejilla con suavidad, mientras mis lágrimas seguían deslizándose por mi piel surcada por las arrugas acordes a mi edad, pero también remarcadas por las situaciones que la vida me hizo enfrentar. Sus ojos eran el reflejo de los míos, con la diferencia que a los míos les faltaba brillo y profundidad.
—Laura, no vine aquí para verte llorar. Vine porque me siento sola y triste. Quiero que volvamos a reírnos como antes —me decía mientras me tomaba la mano que había dejado reposando en su dulce carita.
—Lo sé. Discúlpame, es que hacía muchos años que no te veía y la verdad que tampoco te recordaba. Lamento sinceramente haberte encerrado en el olvido de mi memoria. — Me costó reconocerlo, porque realmente caía en la cuenta del error que había cometido al permitir que la madurez me arrebatara la niña que fui. De golpe vinieron a mí los recuerdos de los momentos compartidos con mi barrilete de Sarah Kay, junto al oso llamado Toto que me había comprado mi madre en una feria de artesanías y al que solía llevar tomado de un brazo para todos lados adonde iba, hasta que me creí mayor y entonces se lo regalé a un niño de cuatro años que vivía junto a la casa de mis padres y de lo cual me arrepentí al día siguiente de haberlo hecho. Recordé al viejo eucalipto de donde colgaba la hamaca que había construido mi padre para mí cuando cumplí cuatro años. Mientras las imágenes de los momentos felices de mi infancia invadían mi presente y lo colmaban de alegría, la niña que fui, Lali, y yo nos sentamos en el césped. Ella se subió a mi regazo y juntas evocamos nuestros cuentos favoritos, las canciones que nos cantaba mi abuela, y entre tantas vivencias, también el día que recibí de regalo el vestido que la pequeña lucía con un cariño especial.
—Te prometo que no volveré a encerrarte en el olvido, no tengo motivos para sentirme desganada porque tú siempre estarás conmigo para encontrarle sentido a las vivencias. Gracias por volver. Ahora entiendo porque la melancolía y la desgana me invadían, me faltaba tener tu punto de vista para ver la vida. Disfrutar de las pequeñas y grandes cosas que me rodean con la inocencia que sólo los niños suelen tener —le dije mientras deshacía sus trenzas y las volvía a armar con la presteza que creía perdida.
—Gracias a ti por dejarme salir y por hacerme reír de nuevo —me respondió con una deslumbrante y cálida sonrisa asomando a sus labios sonrosados.