viernes, 23 de diciembre de 2011

Regalo de Reyes de Santiago Sevilla


            Marta da caladas al cigarrillo con la mirada perdida. Está sentada en el borde de un Belén a tamaño natural. Fuma maquinalmente, sin apenas darse cuenta del frío. Margarita sale y la busca entre las columnas, hasta que se topa con ella.

            -Acabo de enterarme. Lo siento.


            -Pues no lo sientas tanto. Tenía que pasar. Menuda manera de empezar el año. A la calle la mitad de los administrativos. No sé cómo os las vais a apañar, porque no hay quien se crea eso del incremento en eficacia. Yo que tú empezaba a hacerme un cursillo de finanzas, porque os va a tocar a todos.

            -Pero, ¿qué te han dicho?

            -Lo de siempre. Que si la crisis, que si los recortes presupuestarios del nuevo gobierno, que si con mi currículum tengo mucho potencial para encontrar otro trabajo, en el ramo o donde yo quiera… Lo mismo tienen razón y resulta que esto es una oportunidad.

            -¿Y tú qué piensas?

            -Yo no pienso, fumo. Uff- Marta saca la bufanda del bolsillo y se la ajusta-. Va a ser un año complicado. No creí que se iban a dar tanta prisa.

            -¿Y no as hablado con Antonio? Igual él te echa una mano.

            -Al cuello me la va a echar. Quita, quita ¿No has visto cómo me trata? Si antes me decía el modo de ajustar la planificación, de valorar los riesgos de los productos y, si le dejaba, hasta de cómo sentarme ante el ordenador; ahora pasa a su despacho sin saludarme y ha encargado a su secretaria que me entregue las directivas.

            -Pero, yo creía que tú y él…

            -Hay que ver cómo corren los rumores- Marta sonríe con malicia-. Ya sabes cuánto se bebe en estas cenas de empresa. Tuviste suerte de estar mala. Un brindis por el presidente, otro por el vicepresidente, después por el Adenalín, el siguiente por la ministra, siempre tan generosa. Demasiado vino y champán. Después de la cena, cada cual se junta con quien le viene en gana o, más bien, con los de su departamento. Los de personal por un lado, los de formación por otro, los comerciales en varios corrillos... Los fejes se sacan la corbata y van de un grupo a otro y, mal que bien, se enganchan a la conversación. Hay temas que nunca fallan: las pesadas cenas familiares; el montón de regalos para Reyes, que se han comprado o que se van a comprar; una exposición buenísima de pintura flamenca, que viene a finales de enero… Antonio, para variar,  estuvo encantador. Llegó cuando empezábamos a quedarnos sin temas, contó anécdotas desternillantes y después unos chistes que te mueres, con esa voz que tiene de locutor. Es de estos hombres que siempre tiene una respuesta ingeniosa a mano. Está claro que el trabajo le echa a perder. Fui a la barra a pedir una copa y me encontré con él. Brindamos por un año próspero y me dijo que se alegraba de verme fuera de la oficina, porque así podía confesarme que era la persona con quien mejor trabajaba. Daban gusto el orden y la precisión de mis informes, mi capacidad para adaptarme a las necesidades de la empresa y, sobre todo, mi buen humor. Me dijo que, cuando estaba de bajón porque no se entendía con su mujer o porque echaba de menos su anterior de empresa, se asomaba a verme, rodeada de flores, teclear en el ordenador; y que buscaba pretextos para hablar conmigo. Entonces, me cogió la mano con fuerza y me dijo: «Gracias, Marta». Sentí sobre mí su aliento, mezclado con una colonia muy fuerte, y me dejé llevar.

            -Vaya, no te pega nada. Me habías dicho que, si a ti te pasaba algo así con un jefe, ni loca le harías caso.


            -Ya ves, un día es un día y un poco de diversión no le viene mal a nadie- Marta se gira hacia el Belén y mira a los Reyes, con sus ofrendas-. De paso, le hice un regalito a Antonio antes de marcharme de la empresa. Algo muy especial- Margarita mira expectante a Marta, mientras está sonríe para sí y da un par de caladas satisfecha-. Sería perfecto si pudiera ver qué cara pone cuando su mujer encuentre un sujetador desconocido entre los suyos.



Imagen tomada de: Irel Bermejo.