domingo, 18 de septiembre de 2011

Los Gigantes negros


Now, by the gods that warlike Goths adore,

this petty brabble will undo us all.

Shakespeare. Titus Andronicus.


            Monostatos estaba a punto de consumar su venganza. Entraría en la ciudad arrasando los campos con sus pies, arrancaría las casas de cuajo, se adueñaría de las reservas y daría su merecido al príncipe, que les había expulsado por ser negros. Sí, por ser negros nada más, porque en la comarca había otros gigantes a los que el pueblo quería y respetaba.
La vida de los gigantes era dura, pero para casi todos tenían sus recompensas. No se les permitía vivir en las ciudades, para evitar que aplastasen a los hombres; y se les destinaban los trabajos más duros: movían las aspas de los molinos cuando no había viento suficiente, arrancaban los árboles necesarios para construir nuevas casas y extraían con sus manos los minerales que usaban los humanos. A cambio, eran alimentados y muy queridos. Frankfurt era una de esas ciudades con sus propios gigantes, Cástor y Pólux, que, además de todo lo anterior, como eran inmensamente fuertes, aseguraban que ningún ejército atacaría la ciudad; por lo que cada primavera se celebraban fiestas en su honor. Cástor y Pólux esperaban a las afueras de la ciudad a que las gentes les trajesen comida y regalos. Se tocaba música y era el único día en que los niños tenían permitido acercárseles y subirse en ellos para jugar.

            En cambio, los hombres no querían saber nada de los Gigantes negros, porque, según contaban las crónicas, hacía muchos años se habían vuelto locos y se unieron para conquistar las ciudades y hacer que les rindieran tributo, como si fuesen dioses. Esto le parecía a Monostatos una gran injusticia. Él no debía haber nacido por entonces y sus padres nunca le habían contado nada. Era posible que la historia fuera una invención de los hombres. A los hombres les da miedo la oscuridad. Era su color de piel lo que molestaba a los hombres, lo que hizo los desterrasen a un páramo del que no debían salir. En cuanto tuvo conciencia del trato que recibían, Monostatos comenzó a odiar al hombre, pero todavía era muy pequeño y débil para hacer nada al respecto. Monostatos se crió más fuerte que sus hermanos y, como era muy hábil con las manos, sus padres le encargaron los trabajos de carpintería. Él debía reparar la cabaña cada vez que se soltaban tablas, protegerla contra las riadas y reconstruirla toda entera cuando el Bóreas se enfurecía.

            A veces, Monostatos escalaba las montañas que les ocultaban, para ver los hermosos pastos y ríos que había no muy lejos; después, sentía una mezcla de envidia e ira al pensar que ellos sólo tenían rastrojos y agua parduzca. Sólo podría salir de allí cuando fuese más grande y, para eso, necesitaba más alimentos. De modo que, al caer la noche, salía y unas veces entraba en los graneros, otras devoraba vacas y cerdos y alguna vez, por maldad, arrancaba a los caballos los cuartos traseros de un mordisco. Monostatos no pudo convencer a sus hermanos para que se uniesen a él, ellos no querían ser grandes, estaban bien así. Y sus padres trataron de que abandonase sus planes. Le dijeron que lo que hacía sólo pondría las cosas peores, que los hombres son los dueños de la tierra y los Gigantes negros no lo son y que los que trataron de cambiar las cosas nunca volvieron. Monostatos les llamó cobardes a ellos y a sus hermanos, cobardes por asustarse de unos seres tan insignificantes como los hombres. No sólo no consiguieron amainar su cólera, sino que se confirmó en que debía seguir creciendo, hasta ser más fuerte que Cástor y Pólux y, entonces, se haría con la ciudad. Conforme se comía las cosechas y los animales de las granjas cercanas y, de cuando en cuando, se entrenaba atacando pequeñas localidades; Monostatos creció aún más y su cuerpo se endureció. Creció tanto que ya no cabía en la cabaña donde vivía su familia. Construyó una nueva para él solo y obligó a sus hermanos a que le diesen la mayor parte de la comida que encontraban. Después, tuvo que construirse otra cabaña aún más grande y otra más y otra más… Hasta que su cuerpo fue tan grande que se le veía desde todas partes y era tan duro que parecía hecho de acero.

            Entonces, Monostatos cogió el martillo para hacer «algunos cambios», salió del hoyo en el que vivía y se dirigió a la ciudad. De camino su cuerpo hervía de odio y sed de venganza. Sus articulaciones, a fuerza de sus salidas nocturnas, se habían vuelto duras; por lo que avanzaba lentamente; pero él era, sin lugar a dudas, el más fuerte. Además, su imponente figura atravesando lentamente los campos aterrorizaba a los campesinos y a los comerciantes con los que se cruzaba. Llevaba el martillo en alto y, cada pocos pasos, descargaba un golpe con él, no tanto por destruir como por asustarles. Finalmente, llegó a los límites de Frankfurt. Allí le esperaban Cástor y Pólux, que ahora le parecían pequeños y débiles; pero que seguían siendo igual de valientes que siempre. Monostatos les encaró, sintió un odio terrible hacia ellos, que eran amados por los hombres; mientras que a él le reservaron el peor sitio posible. Monostatos tenía el cuerpo endurecido y también su corazón era duro. Todo él era de metal y, cuando quiso descargar el primer golpe sobre sus enemigos, se quedó paralizado. Su cuerpo se había solidificado del todo, salvo el brazo con el martillo que siguió subiendo y bajando, sin peligro para nadie.