lunes, 25 de abril de 2011

Prieto, Daniel. KAX UN KOALA COCINILLAS

Erase una vez, en la selva de Australia, un koala que se llamaba Kax; Estaba jugando con sus amigos cuando de pronto, le llamó su madre, era la hora de comer, Kax impaciente estaba esperando en la mesa, cuando su madre le trajo unas hojas de eucalipto.
-¡Joooeee! Otra vez lo mismo para comer. -Se quejo el pequeño.
-Si hijo, nosotros los koalas solo comemos eso, así que cómetelo.
-Pues no me lo pienso comer.
-Te lo comes que soy tu madre y se hace lo que yo digo.
Kax, después de comerse a trancas y barrancas las hojas de eucalipto, se fue enfadado a dar una vuelta por la selva, rechistando diciéndose en bajini lo que le habría respondido a su madre y que no hizo, por que sabía que si lo hacía, su madre le hubiese castigado. Todavía seguía a lo suyo cuando miró al suelo y encontró un objeto extraño: ¡era una sartén!
Al pequeño koala le vino la inspiración, decidió apuntarse a un curso de cocina para poder preparar distintas comidas y no tener que comer las odiadas hojas de eucalipto. Así que fue al ayuntamiento de la selva donde una vieja tortuga daba un curso de cocina.
¡Pipí,pipí! Era el despertador, Kax lo dejó sonar un par de segundos mas, hasta que recordó que era su primer día en el cursillo de cocina; se levantó como un relámpago de la cama, cogió un bolígrafo, un cuaderno, su sartén y se fue a toda prisa. Antes le dejó una nota a su madre en la puerta diciéndole que hoy llegaría pronto.
Estaba colocado en primera fila y resultó que era el único de la clase; la vieja tortuga iba a comenzar a dar la lección y se quedo dormida, Kax intentó despertarla pero no había manera de hacerle abrir los ojos. El koala muy resignado se fue de allí y le metió una patada a la sartén con tan mala suerte que le calló encima.
Kax no podía salir de allí abajo porque su pata estaba fuera pillada con el borde de la sartén y si hacía fuerza le dolía mucho. Pasaron más de cuatro horas, hasta que su madre preocupada, porque no volvía, salió en su busca, revolviendo toda la selva hasta que por fin lo encontró. Estaba tirado en el suelo llorando con la sartén encima; le liberó y se fueron a casa. Después del ajetreado día Kax estaba hambriento y como era de esperar su madre le puso unas hojas de eucalipto para cenar, que le supieron mejor que si hubiesen sido cocinadas por el auténtico Koarlos Arkiñano.