domingo, 26 de diciembre de 2010

Prólogo. ¡Victoria! ¡Victoria!

Me interesaba.
Tengo mi opinión.
Por ejemplo aprender a mirar bien.
Yo creo que eso se aprende.

Alain Resnais. Hiroshima mon amour.






Reía con la alegría de un pajarillo que llama a su amada; como una pluma, ligera y brillante. Era el canto del ruiseñor, cotidiano pero imprevisible. Ya no nos acordábamos del Silencio y el Tiempo volvió a ser perezoso. Una clase, otra clase y otra clase. Página 233. Se nos hunden los pies en los montones de hojas de la calle. Preguntas a traición. Manos en alto. IMPORTANTE. (Quedan diez minutos). Página 333… Hace un frío que pela: ¿Quién tiene la pelota? ¡Penalti! ¡Ha sido penalti! Que sí, que sí. Vamos, vamos, no remoloneéis. Página 344. Ta-ta-ta-ta. ¡Veenga! ¡A clase de una vez! Sandoval, sal a la pizarra y resuelve el ejercicio. ¿Qué pasa? ¿Por qué no suena la dichosa campana? Es verdad, disculpe doña Inés. Página… ¡Vaya! Ya es de noche. ¡Pues sí que!

Alguna vez intuí que los profesores tenían sus propias vidas; más allá del aula, de los deberes y de los exámenes. (Probablemente muchos de vosotros también habéis tenido esta idea, como una ocurrencia que nos seduce con su murmullo, como algo sorprendente. ¿Será posible que a esas personas tan serias les gusten las películas de Indiana Jones; dar vueltas por Gran Vía para arriba y para abajo, como tontos; y escribir relatos de intriga para los amigos? ¿Quién se las puede imaginar en bata y con pantuflas por su casa? No dura mucho la idea, tan pronto viene como se diluye, hasta que nos parece, cuando la recordamos, de lo más extravagante, inverosímil e imposible. Todos estaremos de acuerdo en que hacen vida fuera del colegio: doña Inés se encarga de las lecturas en la misa de once y media, pero no cuenta. Las hace con la misma fuerza y seriedad que recita las fórmulas matemáticas. Marina y Benito se sientan los sábados al final del cine España, donde los palcos. Esto lo sabemos todos, pero es igual en el colegio. Y no se nos ocurre acercarnos, por la cuenta que nos trae. En el cine, Marina no es peligrosa, como mucho nos miraría con mala cara, pero, después, se las arreglaría para que nos quedásemos sin recreo. Sí nos reímos y comentamos entre nosotros cuando, a mitad de película, creyendo que no les ve nadie, se ponen tiernos.

Sé más cosas de don Marcos. Le conozco de siempre porque vive en el piso de al lado. Por las mañanas le encuentro en el descansillo, paseando con la mirada perdida mientras espera al ascensor. Rara vez me invita a su casa, pero no hace falta para hacerse una idea de qué tipo de persona es. Tiene papeles y libros por todas partes. Desparramados por todo el escritorio, pero también por la mesa del comedor; abarrotando las estanterías de pie, tumbados, remetidos; amontonados en el hueco de la televisión (nunca ha tenido una); en cajas, puestas aquí y allá. Y parecen dispuestos, en un descuido de don Marcos, a echar a correr escaleras abajo para, por fin, ver la calle. Don Marcos tiene algo de sabio joven, algo de aventurero despistado y mucho de soñador, pero se lo disculpo. Es por la ciencia. Cree en las personas y siente, aunque pocas le entiendan, la necesidad de ayudarlas a progresar. Para vivir es imprescindible plantearse retos y crecer. A veces se pasa un poco, no todos pueden ser físicos, por muchos que se lo imaginen. No obstante, es admirable. Sabe de muchas cosas y le gusta hablar de todo, sobre todo de enigmas, como a mí.

Los enigmas están por todas partes: en una sonrisa que surge de dentro; en una pareja enfrascada en una conversación que se nos escapa; en las caricias que nos duelen y en los insultos que nos calman. Hay que saber escuchar lo que los demás dicen y lo que se guardan; mirarles a la cara y a las manos; sonsacarles con disimulo lo que de verdad piensan, como si no nos diésemos cuenta que se muerden los labios o que apenas nos miran mientras hablan y, cuando lo hacen, es como por obligación, como marionetas que tan pronto se giran a un lado como al otro.

Algunas tardes, cuando voy de camino al Manolo, a comprar el bollo de rigor, veo que don Marcos está en «Los amigos», perdido en su taza de café o en un manojo de papeles; nada en el mundo parece capaz de devolverle a la realidad pero, cuando paso al lado de la ventana por la que se sirve a la terraza, levanta la vista y, con un gesto de cabeza, me invita a entrar y, antes de que me haya sentado, ya me ha pedido un té:

«La luz es mentirosa. Nos muestra las máscaras, los engaños, los vacíos. Se nos olvida que también hay oscuridad, se nos olvida lo que pensamos en caliente, lo que surge como una chispa inevitable, por lo que vivimos». En este momento, don Marcos se lleva la taza a los labios, aunque esté vacía, bebe (o hace que bebe) y sonríe de un modo que no sé si es benevolente o pícaro: «Escapa del día y sigue a la noche». Mi madre se pone gruñona cuando nos oye estas cosas «tan raras». Por eso, en el portal nos saludamos muy formalitos. «Te veré en clase Beltrán». «Sí, profesor». Pero, después, en «Los amigos», don Marcos me cuenta sus historias: «nos juntábamos en el café Gijón todos los jueves para hablar de todo: de la movida, de la relatividad científica y ficticia, de los rumbos del país». Los ojos de don Marcos se cargan de alegría contenida.

Cuando nuestras conversaciones no nos llevan a sus tiempos de Facultad, volvemos a sus experimentos. «Un país que quiere llegar a alguna parte ha de producir su propia energía, sino está vendido. No importa lo mucho que crezca ni lo buenas que sean sus relaciones porque los vientos cambian y, aunque nos daban la energía a cambio de uranio, en cualquier momento podían dejarnos a dos velas. Los demás de la Tertulia me daban la razón, pero no tuvieron valor para apostar por mi idea. Decían y siguen diciendo que es aspirar a demasiado». Nunca me he atrevido a preguntarle cómo acabó aquello. No le gustaría que hurgase en la razón que hizo que sus ideas se hayan quedado en nada más que ideas de un profesor de colegio. Cuando llega a la parte en que sus colegas le dejan de lado, don Marcos se encoge de hombros de un modo nervioso, esboza una sonrisa bravucona para disimular su inquietud, baja la mirada a la taza y, si ya no queda nada, pide otro café y un té para mí. Hablamos de muchas cosas. Pero queda una distancia entre nosotros, como si me dictase sus memorias o como si me explicara de qué trata el mundo, pero se guardase la clave.

Eloísa era diferente. Doña Inés no es la única que, en la panadería, hace como que no nos ve o, si la llamamos a gritos, alza la voz para decirnos que no seamos gamberros y se marcha. Eloísa, en cambio, nos saludaba con la mano y venía a nosotros cargada con lo que más no gusta: polvos pica-pica, nubes de azúcar y bolsas de Triskys. «Esta mañana estuve leyendo Orlando. ¿No la conocéis? Es una mujer que no sólo se da cuentas a sí misma de lo que hace. Es muy bella y fuerte y no se deja engatusar por parlanchines. Cuando se harta de los humanos, se pierde por los bosques con sus perros. Allí es libre y puede correr y bañarse y cantar con los pájaros. Sandoval y yo la miramos con los ojos bien abiertos mientras imaginamos que es Eloísa quien hace todas esas cosas.

«Por la tarde voy a patinar al Retiro con una amiga. ¿Por qué no os venís?». Me sorprendió bastante la propuesta. Por muy maja que fuera Eloísa, a fin de cuentas, trabajaba en el colegio. Sería raro. Pero, antes de que pueda decir nada, Sandoval le responde que a qué hora. Yo dije que tenía que preguntarlo en casa, porque esa tarde le había prometido a mi padre ayudarle a colocar en las estanterías la remesa de libros de Harry Potter. Un libro de magos en el que mi padre ponía muchas esperanzas. En realidad no era a él a quien tenía que preguntar y ni siquiera era pregunta. Sentía una chispa de curiosidad por conocer mejor a Eloísa pero, antes tenía que cerciorarme de si podía. Llamé a Vera. «No esta tarde tengo entrenamiento. Nos vemos mañana en clase». Entonces a Sandoval para decirle que iría. Estaba más efusivo que de costumbre, incluso parlanchín. Había hecho planes de que, después de patinar, podíamos cenar en La gorda. Él también sentía una chispa, aunque diferente a la mía.

La cosa fue más rara de lo que me esperaba. Eloísa se presentó igual que por la mañana, con la sudadera de «I love NY», vaqueros y deportivas rosas. Pero su amiga, Tristana venía con una blusa muy elegante, falda y botas altas. Cada una a su manera, son dos mujeres bonitas. Sandoval es alto y, con sus camisas y sus pantalones de vestir y una muy estudiada sombra de barba, parece mayor. Pero yo soy más bien gordito y no tan alto, prefiero quedarme en casa jugando a los SIM con Vera que ir por ahí con otras chicas, y en chándal parezco aun más niño. Esa tarde no patinamos, sino que fuimos a tomar algo, no a La gorda, que no convenció a Tristana, sino al Comercial. No estuve cómodo en toda la tarde. Yo me lo había buscado. ¡Mira que quedar con gente del colegio! Los espejos parecían burlarse de mí. Se repetía por todas partes la imagen. Ellas dos, con el bolso colgado del respaldo de la silla; Sandoval contando anécdotas sobre los profesores y riéndose a cada momento; y yo, allí, sin saber qué decir, y con las manos en los bolsillos en el fondo. Los ojos de Tristana sugerentemente sombreados y los de Eloísa, que no necesitaban maquillajes para brillar; las piernas de Sandoval, que no se estaban quietas; y a mí apenas se me veía en los espejos que dan a las escaleras. Pero sí me veía en las ventanas aunque borroso, como un fantasma.

La situación se volvió aún más rara. Resultó que Tristana iba a ser nuestra profesora de antropología. Venía de ver un piso por el centro. Sus maletas estaban en casa de Eloísa, pero se negó a quedarse con ella. También ella se puso tensa. Dijo que era tarde y que era mejor irse a casa. Pero ni Eloísa ni Sandoval se inmutaron y ella tampoco se fue. Dijo también algo de que al día siguiente había que madrugar, que tendríamos que levantarnos pronto. Trataba de sonreír mientras decía estas cosas, pero tenía la expresión de quien muerde un limón. De nada sirvió, ni todas las miradas impacientes del mundo hicieron que Eloísa y Sandoval se dieran por aludidos. Al final, pidió la cuenta y murmuró una despedida sin besos ni nada y se fue. Después, fue como siempre. Eloísa insistió en que subiéramos a ver a los del club de ajedrez. No sabía gran cosa de ajedrez, pero se le antojo divertido ver una partida. Nos sentamos alrededor de unos chicos que, en ese momento, estaban empezando su partida. Eloísa se volvió hacia nosotros y dijo por lo bajo: «Venga, ¿con quién vamos?». Las blancas abrieron el juego. «Vamos con las negras que, las pobres, siempre se quedan para después». Cada vez que las blancas comían Eloísa daba un respingo en el asiento y de buena gana hubiera protestado. Y, cuando el caballo de negras se comió al alfil, le dio un codazo a Sandoval para que se fijara. De esta manera nos fuimos metiendo en la partida. Observábamos cada jugada con un anhelo silencioso, pero también nos mirábamos los unos a los otros con preocupación. En el centro había una red de peones, caballos y torres que hacían imposible que ni él ni nosotros avanzásemos. Sobre todo, si él avanzaba en diagonal la reina nos iba a dar jaque. Eloísa estrechó la mano de Sandoval calculando el peligro. Si se metía por medio la reina y defendida por su torre no teníamos qué hacer. Pero, entonces, con un enroque protegimos al rey y pusimos por medio a nuestra torre. El jugador de blancas se quedó pensando mucho rato. Eso no se lo esperaba. Uno de nuestros alfiles, furtivo, se interno tras sus defensas, hasta amenazar a su mismísima torre. Movió un caballo para comérselo, pero eso dejo a nuestra reina libre de dar jaque. Acto seguido nos comimos su torre y le fuimos encerrando más y más hasta que fue mate. «¡Victoria! ¡Victoria! Hemos vencido a las blancas», gritó Eloísa y nos abrazamos.