jueves, 28 de abril de 2011

Sevilla Vallejo, Santiago. La batalla del bosque

A ti, Coralina Soto.


No queríamos irnos a casa todavía. No es bueno que los chicos se pasen el día encerrados. Desde que hice el tirador de goma, mi padre se pone de mi lado. Mi madre y las demás madres tienen orden de hacernos dictados todos los días. El maestro dice que tenemos muchas faltas y que, como sigamos tomándolo a broma, no llegaremos a ninguna parte. Como si eso nos importara. Por suerte, mi padre y el padre de Joan convencen a nuestras madres. Los chicos necesitan correr y gritar, sino se amuerman.

Dejamos a los mayores que discutan, que es lo que hacen mejor. Nosotros nos vamos rápidamente al lago. Hay que aprovechar el tiempo. A las dos nos esperan en casa para comer. Es la mejor parte de la semana. Nos juntamos con los chicos del San Bernardo. Son un poco chulos, pero tienen unos tiradores fenomenales. Claro, el padre de Máximo trabaja en una fábrica de goma y él mismo les hace unos tiradores superpotentes. Así cualquiera. Pero, son majos y lo pasamos fenomenal juntos. Además, nosotros jugamos mucho mejor al fútbol que ellos. Hacemos ranas en el lago y, después, vamos de caza al bosque. Pero, debemos tener cuidado de los hombres pájaro.

Ya se lo he dicho a Celine. El barón es un loco. Subirse a los árboles puede ser divertido, pero un rato. Las personas no son pájaros y no pueden vivir en los árboles. En cambio, nosotros matamos a los pájaros con nuestros tiradores y el barón nos dice que no podemos hacerlo. Dice que los pájaros tienen tantos derechos como nosotros. ¡Anda ya! Los pájaros, los árboles, el lago… están para que nos divirtamos. Y lo único divertido que se puede hacer con los pájaros es cazarlos. El barón está siempre acompañado por unos nobles que, para evitar que los desterrasen, se subieron también a los árboles. Son gente muy fina, pero, ¡hay que ver con qué fuerza nos tiran manzanas cada vez que entramos en el bosque! El barón dice que los árboles son sus dominios y que nadie puede hacer daño a sus pájaros.

Se veía venir. A las chicas las pierde la novedad. En cuanto Celine supo que había un chico que vivía en los árboles quiso conocerlo. Venía montada en Cascabel. A su caballito le encanta agitar la cabeza para que suene el cascabel. Celine viene todas las tardes, pero ya no era para vernos a nosotros.

Esto no lo podíamos consentir. Me interné con mis cazadores por la parte Este del bosque y Máximo con los cazadores de San Bernardo por el Sur. Nos acercamos en silencio y, cuando estuvimos cerca, nos arrastramos a través de los arbustos. Parecía que el bosque nos rechazase. Las ramas nos arañaban y rasgaban las ropas. Nos pasaban por encima innumerables patitas de insectos que no podíamos ver. Pero, de esta manera pudimos llegar hasta los nobles. Estaban jugando con Celine a balancearse en unos columpios que habían colgado de las ramas. Cascabel pastaba junto a un árbol. Salí de mi escondite y grité:

-¡Celine, tienes que volver con nosotros!

Los nobles dejaron de balancearse y, sin perder un instante, corrieron en distintas direcciones. Pero, nosotros les llevábamos ventaja. Les lanzamos un bombardeo de globos llenos de agua. El padre de Máximo nos había hecho unos tiradores especiales para deshacernos de los molestos nobles. Todos ellos, incluido el barón, habían prometido no tocar nunca el suelo. Les pillamos tan por sorpresa que de nada les servía su agilidad. No tenían nada que tirarnos y nosotros en cambio les acertábamos con nuestros globos en la cabeza y en las piernas. Sin embargo, el arrogante príncipe de la Vega se abrió paso hasta nosotros y tiró de una rama. El príncipe estaba justo encima de mí y, con la rama que había escogido, podía haberme dado de palos a su antojo. Pero, la rama no se desprendió al primer tirón. Jean y yo nos entendimos con la mirada. Él se puso a mi lado y ambos le alcanzamos en el pecho al mismo tiempo. El príncipe abrió mucho los ojos mientras caía agitando los brazos con desesperación. De pura suerte se quedó agarrado en una de las ramas inferiores. Jean y yo apuntamos de nuevo, pero una lluvia de manzanas nos lo impidió. Jean recibió un manzano en el cuello y yo otro en toda la espalda.

Tanto mis cazadores como los de San Bernardo lo estábamos pasando muy mal. Retrocedimos hasta los arbustos, pero las manzanas los atravesaban y nos golpeaban sin piedad. Salimos de los arbustos, los cazadores de San Fulgencio nos abrimos por la izquierda y los de San Bernardo por la derecha. Atacábamos en grupos de cuatro y nos retirábamos para evitar los manzanazos. Los nobles gritaban órdenes que nadie atendía. Cada uno iba a su aire. Iban de acá para allá, lanzando las manzanas y gritando juramentos. El barón desaparecía y, poco después, reaparecía con una cesta de manzanas. Me puse a la cabeza de Joan, Martí y Simón para ir tras él. En cuanto dejásemos fuera de combate a barón, los demás no tendrían manzanas que tirarnos.

El barón se movía con tal agilidad que parecía deslizarse entre los árboles. A medida que nos internábamos, cada vez estaba más oscuro. Les indiqué con gestos a Joan y a Martí que rodeasen al barón por la izquierda. Simón y yo le seguimos por la derecha. El barón no se había percatado de nuestra presencia. Aprovechamos que se detuvo para cerrar el círculo en torno a él. Zas, zas, zas. Le dimos por todas partes. Estábamos ansiosos por derribarle, pero se escabulló como una lagartija. Le seguimos de regreso al campo de batalla. Delante nuestro estaba Máximo con varios de sus cazadores. Le grité que cortara el paso al barón. El barón fue acorralado. Tomó manzanas de la cesta y las lanzó con mucha destreza. Pero, nosotros también tirábamos bien. El barón barrió los árboles con la mirada y, de pronto, dejó caer la cesta.

-Se ha ido.

Nos quedamos todos callados y pudimos escuchar cómo se alejaba Celine a lomos de Cascabel. Era la hora de la cena. Sin despedirnos, nos fuimos cada uno a nuestra casa.